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Publicado en LA VOZ el 4 de Febrero del Año de Nuestro Señor de 2018.

Es una versión más amplia (disculpas a los compañeros que tuvieron que cortar porque no cabía, con lo pesadísima e ingrata que es esa tarea).

Aquí, adotrinando

En tiempos de mojigatería, en los que cada uno tiene al menos un púlpito, cuesta más confesar. Pero cuando se sabe que la tara es común, duele menos. A ver, tengo vicios. Varios y gordos. De los que se practican a escondidas porque así saben mejor. Uno de ellos es darle vueltas a las palabras, frases o expresiones de moda. Buscar su origen, curiosear. Que si son un galicismo deformado, un anglicismo pedante, que si un error puro o un horror de curso legal. Contar cuantas veces la leo, la escucho, en un día, buscar un par de definiciones en diccionarios distintos para comprobar, casi siempre, cómo el uso excesivo aleja su significado del original. Hay muchas, varias al mes. Nacen y mueren como insectos del léxico, en cuestión de unas horas, de algunos días. Sabes de lo que te hablo: de tus castas todas, por ejemplo.

Entre las últimas, ya en retirada, me fascinó el “adoctrinamiento”. Apareció una mañana sin que nadie la esperase, como los parientes que se fueron hace 30 años, para quedarse. Sólo un tiempecito, que las palabras de moda son por naturaleza efímeras, como lo eran los chiringuitos de playa. Lo primero que hice fue buscarla en el diccionario y, cagontó, la primera bofetá. La Real Academia la admite también sin ‘c’. Por hacerme el creativo profundo, por distinguirme como artista muy atormentado, como si sacara una comparsa rara, la usaré a partir de ahora así. El adotrinamiento es “instruir a alguien en el conocimiento o enseñanzas de una doctrina, inculcarle determinadas ideas o creencias”. Sin más. No more.

Como comprobarás, camarada, camarado, nada peyorativo en su modesta semántica. Viene a ser sinónimo de enseñar que, como se sabe, es un verbo neutro como casi todo en esta vida, como la simpatía de un alcalde/sa . Depende qué enseñes, cómo, a quién, para qué, por qué, de qué y de cuándo. Pero adotrinar, en sí mismo, no implica matiz negativo. Es más, creo que todos somos adotrinados y adotrinandos. Incluso, voluntariamente. Buscamos el centro adotrinador que adotrine a los nuestros en la dotrina elegida. Puede ser religiosa o laica y ya no se sabe cual es más puritana e insoportable. Le damos muchas vueltas, lo pensamos. Sopesamos, so pesados, qué tal adotrinador será ese o el otro para nuestros cachorros. Que los prepare, que los lleve por la senda correcta del bien o del mal, pero que avancen. También son importantes los compañeros de clase, la pinta y el credo, creo. Pero, en suma, no quiero asustar a nadie, aquí también se adotrina. Y mucho. No sólo lo hacen los demás. Nosotros, también. Con la complicidad del adotrinado y el adotrinando a sueldo, como allí en Transilvania. En realidad, sucede en cualquier parte del mundo desde el principio de los tiempos y -salvo en los casos de coacción violenta- es común, racional y necesario.

De hecho, luego tratan de adotrinarnos los medios que elegimos para que nos adotrinen y hasta tratamos de hacerlo entre semejantes -pero de lejos, que corra el aire- en internet a diario. Esos mismos, nuestros contactos en Berlín, en Moscú o (más generalmente) en el Mentidero, lo hacen con nosotros simultáneamente. No hay nada de malo en adotrinar ni en ser adotrinado, hacemos lo segundo casi toda nuestra vida y lo primero en cuanto somos adultos (los que lo sean alguna vez). Todo quisqui (esta estuvo de moda en la Edad de Bronce). No sucede sólo en algunos lugares ni se transmiten sólo algunas ideas que nos nos gustan. También las nuestras son inyectadas, insufladas, expuestas. Sucede en todas partes. Sí, amigos, los receptores de dotrina no son idiotas sugestionados de cabeza vacía, ni lerdos a la espera de ser manipulados. Suelen ser seres humanos que colaboran, cuando no procuran, piden o hasta pagan esas enseñanzas, esas ideas, esas creencias.

Algunas hay que tener y si te prestan unas usadas, mejor. Aprietan menos, ya no provocan rozaduras y te garantizas que serás aceptado como uno más en la pandilla (otro arcaísmo), en el grupo, sin estridencias, sin llamar la atención ni parecer raro.