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Arancha con Rencor (es su apodo en internet, que no una actitud o quizás las dos cosas) me telecuida con su sabia crueldad. Dice que este texto debiera ser una especie de lectura obligatoria para gaditanófilos y gaditanófobos en estos días.

Y me pone el culo (o el ego, que huelen igual) inflado como los disfraces de la chirigota del Canijo, esos de foame. Para eso sirve internete, para hincharnos las venas. Dos, la de la vanidad o la de la ira.

No sé si se refiere a llevarlo a los colegios. Espero que no. Bastante tengo con ser un pésimo ejemplo para dos niños. Ya me avergüenza bastante que ellos me vayan descubriendo costuras e incumplimientos, miserias y adicciones, las taras, melancolías y memeces en directo como para mostrárselas a sus amigos de clase en diferido.

Mejor para unos pocos amigos adultos, si es que existen. Amigos, pocos. Y, entre ellos, adultos deben de ser los menos.

Se acabó llamando ‘Verbena’ y le tengo cariño porque, gracias a un colegón llamado Dani Pérez que lo descubrió mientras defecaba, dio pie a un librito del que guardo hermoso recuerdo. Algún día lo releeré por recomendación de Domingo López, otro que se empeña en alegrarme la vida sin pretenderlo, sin vernos ni conocernos.

Verbena

Escucho la ‘Fiesta’ de Serrat y me vienen a la cabeza las ‘viudas’ del Noly. Escucho las ‘viudas’ del Noly y me viene a la cabeza la ‘Fiesta’ de Serrat. Es oír cualquiera de las dos y sentir, entre las ingles y el pescuezo, algo parecido al Carnaval.

Seremos los más mierdas, los más indolentes, pero ahora no me lo cuentes. Es mi fiesta y es mi aldea. No elegí, no tiene mérito, ni me creo mejor ni lo creo mejor, tan loco por irme cuando estoy como muerto por volver si me marcho pero, joder, le cogí cariño. Todo el mundo tiene un pueblo y un cachondeo propio. Y no lo puedes cambiar, ni quieres. Y te acuerdas. Con sus mil defectos, sucio y maloliente. Lleno de vecinos cretinos y villanos lejanos. Es tu rato en tu sitio. Con todo. Es mi pueblo marinero, tan chungo y tan grande como todos. Ni mejor ni peor que cualquier otro, el mío. Es un paréntesis, una reconciliación, una disculpa y una tregua. Nos lo debemos. Nos llevamos todo el año entre las dudas y los improperios. Seguro que merecidos. Pero ahora déjame disfrutar, un rato, una tarde.

Qué tendrá que ver con eso de los gritos y los chillidos, de los mosqueos y las amenazas. Qué me importa. He comprobado que alguna mente brillante decidió encerrarlos para que sean imperceptibles apenas a 50 metros. A esa distancia del Falla, en Benjumeda, en Hércules, ya ni se siente.

Qué tendrá que ver con los que vienen a esta feria igual que fuimos a la suya, sin criterio, sin información ni turismo, acompañados los que llegan y los que fuimos de los mismos puestos de perritos y churros, a beber y a bailar como hicimos todos cuando nos correspondía entrenarnos en la vida y cuando nos apetecía todo, cuando el alma, el almax y las piernas lo permitían.

Ahora que lo pienso, lo del Concurso ni siquiera estoy seguro de que empezara ni terminase. Fue un suspiro en una playa, un ruidito en el horizonte. Ni me he enterado. El Falla termina y todo comienza. Todavía, después, hay un prólogo en la rúa que ahora, decadentes, nos parece molesto. Lo interpretan las hordas, las gordas y las canijas, los locos y los canijos, las criaturas y criaturitas que fuimos nosotros hasta antier. La fiebre del sábado noche nos parecía destemplanza y ahora ponemos cara de infarto. Pero dura nada. Se irán cuando el sol del domingo le dé el primer buche al café. No es para tanto.

Mejor apartarse, sin lamentarlo ni criticarlo. No seamos hipócritas. Yo fui uno de ellos. En Vespino, bajo un diluvio y cocido como una gamba, con paquete, nos jugábamos la existencia recién estrenada sin saberlo, hasta la Carpa en la Plaza de Toros, a intentar colarnos. Un año lo intentamos saltando los contenedores que hacían de retretes. Todo valía. Y por las noches, las que ahora llamamos peores, en la calle. En La Viña y hasta las tantas. No había dolor. Entonces el sábado era un imán, nunca daba asco ni alergia. Vimos broncas en las plazas y vómitos en las paredes, bragas entre los coches -alguna afortunada vez comprobamos su tersura con las yemas- y botellas rotas por todas partes, pero ni nos parecía tan mal. Una vez, un pureta radicalmente desnudo y descalzo cruzó La Palma entre la multitud beoda. Y nadie preguntaba dónde estaba su ropa, todos le señalaban dónde estaban los cristales rotos para que los esquivara. El acabose era el empezase. No nos pasó nada y todo lo que nos pasó fue bueno. Estaría bien que nos acordáramos de los detalles pero el Canasta, el fino peleón y el moscatel low cost desgastan la cinta (Beta, primero, VHS, después). Recuerdo el año de ‘Los Yesterday’ en el local que Carmelo alquiló en La Viña, pared con pared con Casa Manteca (Butter House). Desfase integral. Era entrar a medianoche y, coño, que amanecía.

Y los carruseles en la plaza. El mejor, me lo perdí. Llovió, se suspendió, no fui y se confirmó la teoría de la ausencia: “Fue el mejor rato de Carnaval de nuestras vidas”, me han repetido a coro los colegas durante 20 años. Creo que cantaron, rieron y bebieron como sorprendente novedad, pero “fue lo mejor”. Qué casualidad. Para compensar, tampoco estaba el día de la bronca colectiva entre mis amigos y todo un coro molesto porque el público le desatendía. El peor rato en 20 años. Tampoco estuve cuando me quedé dormido en el Gallinero mientras Luis veía la final en tan agradable compañía: un gordo roncando con aliento de taberna barata ¿Tendríamos 16?

Recuerdo a Toñete imitando a Cantinflas en el pregón de Mario Moreno, aplazado por otro chaparrón. Por entonces, en Carnaval llovía siempre. El mismo tablón, la misma lluvia. O sólo recordamos los mojados. No, porque también me veo en mangas cortas y gafas de sol, trepando por la verja del Mercado Central para subirme y hacerme el gallito con las niñas que siempre acababan con otro pollo. Me puse el mismo disfraz de saco de papas tres años, tenía bultos de foam bajo la tela de arpillera y según un amigo mío, en San Francisco, una cría supermegapija de ‘Madriz’, con perlitas y ese pelo perfecto que sólo tienen ellas, me preguntó: “¿Todos los bultos son patatas?”. Según ese único testigo, yo le contesté completamente ciego: “Menos dos”. Me lo recuerda cada vez que me ve y me gustaría acordarme para saber si fue verdad. Me tengo que fiar de su palabra. Aunque en cuestión de disfraces, Ignacio era el rey. Siempre a última hora, siempre con trapos de casa, siempre lograba ser la bola en la bolera. Nosotros los bolos, era verlo llegar y nos tirábamos. De ovejita de Norit, de Torrente…

Y algo después me recuerdo seleccionando ya horarios y lugares, siempre detrás de unas faldas, y entre cuatro amigos. Tengo la suerte de conservar a muchos de los mismos desde los 14 años (“porque nunca nos hemos pedido dinero ni hemos trabajado juntos”, dice la más sabia, deliciosa, perversa y peticita de ellos). Aunque la prioridad era pillar cacho y, en su defecto, cacha, siempre se obraba el prodigio. Ya importaba el tapeo, y lo que se bebía, ya había que compaginar con el trabajo (empezamos casi sin querer y, afortunados, ninguno ha parado). De niñatos a pimpollitos, aprendices de adultos tan infantiles que empezaban a tomarse en serio. Y vimos una noche a ‘Los Fantasmas’. Cantaron todo el repertorio en Macías Retes, noche cerrada, culo de lobo, luna con cara de Heidi, menos oyentes que intérpretes. Y yo no dejaba de pensar “qué suerte, qué suerte tengo”. Y luego más ilegales, romanceros, los ratos imprevistos en esas peñas, en esos bares, en los que no habías entrado nunca, en trentaytantos años viviendo en la misma ciudad, ni vuelves a pisar jamás. Y seguíamos yendo a la carpa. Y probé la boca de esa morena peligrosa a la que el grupo de novias oficiales temía como al demonio. Y le fueron con el cuento a la mía. Pero volvíamos a ir. Las mismas canciones. Esa barra infinita y esos baños siempre llenos de gente sin mear.

Pero un día, ya ningún amigo salía en coro ni en comparsa, alguien se aburrió y todos nos contagiamos. Ya no fuimos más a la carpa. Nos entró ese virus que te impide estar en una verbena o discoteca, el temible “cagoyoaquícuandopodríastarenmicasa”. Y ya nunca te recuperas. Deja secuelas irreversibles.

Pero aún quedaban los días, con sus tardes prorrogables. Ya no había niñas pero aparecieron Las Niñas detrás de Simago, Los Gimnastas Bielorrusos en San Vicente, o Los Pajarrumaque, o Los Castellers, o Los del Perchero en decimonona fila. Para entonces, el método había cambiado pero la sensación de estar vivo un rato era la misma, algo más suave, casi mejor. Ahora ya no era el exceso ni la prueba, no había nada que descubrir ni demostrar, ni había que exhibir la camaradería ni la risa patosa de los adolescentes. Ahora era la palabra. Un día comprendes que el Carnaval está hecho sólo de palabras porque fue lo más barato que nuestros abuelos, tiesos ya según tradición local, encontraron a mano. Y se trata de jugar con ellas, de mover en la partitura figurada los silencios, las rimas, las insinuaciones, las ocurrencias, el golpe y las palabras inventadas, moverlo rápido, como la bola bajo los tres vasos del trilero. No hay nada más, nada menos. Y vas buscando a ver cómo juega ese, y el otro, y el de la esquina, con cartelón y puntero, o en grupos de a seis, o de dos en dos, o el majarón que va solo con la guitarra.

Y aparecen los niños, los nuestros, y el botellón de hace 20 años se recicla en papelones de tapeo en un banco de la Plaza de Mina. Me gusta la costumbre austera y sabia, familiar y cálida, obrera y canalla, de casa de vecinos resistente, de compartir comida en la calle, de la botella y el bocata en la mochila. Que se jodan los hosteleros, bastante bien les tratamos el resto del año. A ver cuando me ofrecen lo mismo que yo puedo traer de casa, al mismo precio. Mira qué tortilla, qué bien empanado. Siempre que se recoja, que no se ensucie, me parece una exhibición del arte de vivir. Me gusta que a la gente bien, a la de orden, a la sucia por dentro, en privado, le repela, que le parezca hortera esa exposición pública. Que se jodan también. Que se vayan a la mierda con su dinero o sus ganas de tenerlo, que vean lo infelices que son en esos sitios tan civilizados, tan obedientes con las reglas del civismo, que vean las caras de acelga que tienen todos los que se mueren de vergüenza por coger una loncha de jamón y un pico de un papelón en Candelaria ¿Qué se creen esos petimetres, caricatos austeros? ¿que no voy a comer bien por no poder ir a un restaurante? que me dejen. Si lo vieran en un documental de Discovery Channel sobre cotidianeidad antropológica en La Habana dirían “qué bonito ritual, qué belleza etnográfica, se está perdiendo el contacto humano en las ciudades y ellos lo conservan” pero si yo lo practico, si me fío más de mi bocadillo que de cualquier bar, si evito gastar tiempo de mi lujosa compañía en colas y empujones, en mesas atestadas, resulta que soy un hortera, un chabacano. Pues así me voy a quedar. Que se vayan a los tubos.

Me gusta estar así en la calle. Me gusta que presidan esa recepción poco diplomática, callejera, los viejos de la tribu: Flori, Neno, Paqui… Que me recuerden coplas viejas mientras pasan al fondo coros enfadados porque siguen desatendidos. Y que se acabe la bebida. Y que vayan y vengan los demás, mil primos, diez nietos, todos los que fuimos meones y ahora nos resistimos a ser mirones. Y una vez comidos y bebidos, desde la Plaza de Mina o cualquier otra, o donde sea, a buscar. Al Oratorio, Hospital de Mujeres, San Agustín, Rosario Cepeda, nunca se sabe, a buscar a los trileros del verbo. Nada por aquí, nada por allá, y ¡alehop! descojonado en la última frase. O no, y te marchas sin que se note mucho por no ofender pero sin pudor, que no has pagado pero no se puede perder el tiempo. Ahora ya sólo es una tarde el escenario de la aparición. Ahora te da pena ver a los turistas perdidos, creyendo que van a una gran celebración con grandes atracciones, conciertos, con un programa de actos. Antes, ni reparabas. Mala suerte. También yo me he perdido en algunas ciudades de por ahí. C`est la vie. That’s life, que decía Frankie.

Pero entonces y ahora, el mismo sol, o la misma lluvia, pero los mismos tangos, el pueblito alrededor como un personaje más. Los padres que nos parecían mayores ahora lo son. Y nosotros ya no somos jóvenes. Pero todos buscándonos. Una y otra vez, en el mismo orden: el relicario, ´Los duros antiguos’, ‘Gaditana’. Los mismos pasodobles: “To la cara por entera de una lisa mohonera”, “Si tú supieras, españolito”, “Que tu vive’n tu palacio de cristal y yo vivo’n casa de mi suegra”, “El 3×4 bueno”, “Si Cádiz por fin fuera cantón independiente”, “Yo vi tu carita”… Los hemos cantado tantas veces que nos sabemos de memoria qué frase se le olvida a cada cual en cada copla.

Ahora ya no salimos los sábados, nos escondemos. Ahora ya no vamos a conocer a ninguna chica. Ya no habrá tablón, tablao y carpa. Sólo queda un ratito con copas y coplas muy selectas. El rato que los abuelos aguanten con los niños o al revés. Es una versión compacta, reducida, de lo mismo, las palabras de siempre bajo el lema de “¿cómo era aquella?”. Entiendo que tiene mil defectos mi fiesta, que ha cambiado, como todo, como todas, que hemos cambiado, como todos, pero me gusta. Le tengo el cariño blando que los viejos le tienen a lo que ya ven lejos, en peligro. Que es casi todo.

Es mi fiesta, carajo. Es mi pueblo. Si no te gusta, no vengas, o vete. O te escondes un rato. Las fiestas no se estropean. O las disfrutas o te apartas, total o parcialmente. Yo lo hago en Semana Santa. O me oculto en la cocina en Navidad. Si enseguida termina, si tarda nada en llegar el telón en forma del más breve y melancólico de todos los domingos, cuando Montse dice otra vez, bajo la luz de las farolas que nos vuelven tristes asiáticos resacosos, eso de “éste es el momento más triste del año”.

Así lleva la tía, sin fallar uno, desde 1986.

Que cumplas muchos más.