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La columna de abajo -la de azul para distinguirla del resto del texto, indigno de acompañarla- está escrita por Javier Rubio Rodríguez. No habla en primera persona. Es aún peor. Habla de una persona tan querida y cercana como ninguna otra. Pero a estas alturas -si no a todas- sólo soy capaz de escribir desde el temor, el principal ingrediente del amor. Me asusté. Hombre discretísimo, me asustaba también la posibilidad de ofenderle aireando sus palabras, atreviéndome a sumarles una pueril entradilla por más que el artículo ya sea público y esta página sea algo familiar, de ámbito muy reducido. Aún así. Él tiene derecho a decir lo que quiera de su dolor. Los demás, sólo a leer.

Los demás podemos agarrarlas, quedarnos todas esas frases y guardarlas bajo las costillas para repasar a diario la lección eterna que siempre olvidamos: resistir cuando aparece la verdad veraz, voraz y burlarnos de todas las memeces que confundimos a diario con pesares.

Una vez que supe que no hablaba de sí mismo, pensé en guardarme todos los recuerdos que se me habían amontonado al creer que el diagnóstico era suyo propio, que hablaba en primera persona. Luego, al saber por encima, también creí que era una bobada guardármelo ¿Tengo que esperar a que la enfermedad la tenga él? ¿A tenerla yo? ¿A que sea mi madre? ¿Mi hermana? ¿A que vuelva a irse Alfonso Teno?

Me gustaría que los que me quieren -y alguno debe de quedar- me lo dijeran antes, repetidamente, sin excusa quirúrgica ni precipitación angustiada, sin mirar un reloj que corre demasiado. Como si alguna vez se parase. Tampoco se puede dar un paso si se miran siempre las manecillas o los dígitos volar.

Siempre pensé que a Alfonso se lo dije poco, nada y nunca. Con lo que me quería. Con la de veces que él me lo dijo a mí.

Así que además de pegar lo esencial, su absoluta, paliativa y bella columna de ayer (martes 9 de mayo) en ABC, me sale del hipotálamo decir que es el mejor maestro que haya tenido en este oficio, que me eligió antes de que yo tuviera opción de elegir nada, ni desodorante. Rubio utilizó siempre, de forma involuntaria, la infalible herramienta del ejemplo. Siempre sereno, racional e inteligente hasta el extremo de la amenidad en voz baja, enseñaba sin querer. Las lecciones de periodismo y vida (que lo mismo es) le caían de los bolsillos, de la ineludible americana, al buscar un caramelo, un pañuelo. Jamás le vi presumir de sus conocimientos vastísimos sobre casi todas las cosas, de su imponente bibliografía mental. A todos impresionaban alrededor, menos a él, que los consideraba lamentablemente cortos.

En un oficio de vanidosos y engreídos, de poses y apariencias, en el que se juega con un material imposible de cuantificar ni ordenar, que se desangra entre unos actores tan chapuceros y miserables como el público, se manejaba como un personaje de Pessoa, solemne, exacto, silencioso hasta sentenciar, hasta resolver siempre, con naturalidad, sin agredir.

Nunca me pareció que se marease en esas tormentas de juguete y agravio eterno que se forman en las redacciones, en las oficinas, en todos los trabajos. Siempre parecía mirar al frente, lejos, firme, como si ya supiera como acaba todo mientras todos se creen acabados y perseguidos. Siempre se comportó, al menos conmigo, como una persona adulta de paciencia inagotable ante mis berrinches, incapacidades, miedos y complejos. O ante el resto de niños irritantes que eran todos los demás. Apenas tiene un par de años más que yo. Siempre me parecieron un par de décadas medidas según el sistema métrico intelectual. Siempre sabía el lamento que le iban a dirigir todos por enésima vez y siempre parecía que lo escuchaba en riguroso estreno. Todos, a su lado, parecieron siempre chavales insoportables o viejos amargados. Su serenidad, su capacidad y su bigote le hicieron parecer siempre un mayor entre menores, un joven teniente entre ancianos.

En este caso, la palabra ‘siempre’ responde de forma exacta a la definición de la Real Academia. En toda ocasión, en todo momento. Sin excepción. Con la de excepciones que tenemos todos por semana.

También recuerdo que cada año, tiempo después de que trabajáramos juntos, me mandaba una mínima participación de lotería por tradición paterna. O que, tras una década sin vernos apenas, le dedicó a mi único libro una reseña llena del afecto y la generosidad que siempre tuvo con el plomizo autor. Sobre todo, que trató de cuidarme y orientarme cuando nada ganaba con hacerlo, quizás perdía tiempo, energía y amigos. Que me saluda con ese cariño mudo que se oye sin palabras ni palmadas, por mucho que llevemos sin vernos.

Todo eso se me ha ido acumulando mientras me enteraba de que no era él. Y luego, cuando supe que era un familiar, pensé en dejarlo. O no. Para qué callarlo si ya será él. O tú. Y yo. Cuando le pase lo que pase, a él, a mí o a nosotros, voy a seguir pensando lo que aquí está escrito. Por qué no escribirlo ya. No va a cambiar nada.

Ningún cáncer, ningún infarto ni accidente va a modificar ese recuerdo, ese parecer, esa opinión vieja y vigente.

Me faltaban motivos para dejar de decirlo y me rebosan para rogarte que leas esta columna si no la has leído ya. Échatela encima. Te hará falta alguna vez. Y a mí, a todos. Las grandes canciones tienen la virtud de parecer escritas para cada uno.

 

BENDITOS LOS PIES

Javier Rubio

El primer impacto es como un uppercut en la boca del estómago que te deja sin aire: un manotazo que no sabes de dónde te viene ni por qué te cae encima, una ola que te revuelca y no te deja levantarte. Como si una inmensa bola de demolición hubiera entrado en tu vida para reducir, antes que cualquier otra cosa, los proyectos a escombros. Y sientes cómo caen los cascotes a tu alrededor, lo mismo que cuando una pared se desmorona y los ladrillos van soltándose a cámara lenta, primero los que estaban más arriba y después bajando la ruina hasta que el muro se ve reducido a su mínima expresión y no levanta más allá de los cimientos.

Y ahí estás tú, en el centro de esa noticia que te han dado con la aspereza de un volante para afianzar el diagnóstico y una carta para el cirujano bajo una luz espectral que acentúa los ángulos y afila las aristas de esa información con la que se te hunde el mundo bajo los pies. No hay escapatoria y el tiempo pasa despacio, demasiado despacio, los minutos arrastrándose penosamente por la cuesta abajo por la que te precipitas sin saberlo. Primero son los minutos cadenciosos, premiosos y lastimeros y más tarde son las horas y por último, los días y las semanas. El tiempo avanza a empujones, de sobresalto en sobresalto, primero la sospecha, luego la confirmación, al fin la certeza. Todo empieza a girar en torno a ese diagnóstico implacable como un remolino que atrapara los pensamientos, los sentimientos, las actitudes, la vida entera puesta al retortero de ese pronóstico del que no hay manera de escapar.

Hasta que empiezas a mirarlo de frente. Y te sobrepones. La angustia deja paso a la determinación. Y hablas de ello con la mayor franqueza, porque ya no tiene sentido esconderte tras el eufemismo, parapetarte en los circunloquios para no mencionar la palabra maldita como si con eso fueras a detenerlo, a sacarlo fuera de ti. Sí, no hay escapatoria alguna para el desafío que te han planteado. Es el día D y es la hora H. Te ha tocado desembarcar con la primera oleada y resuena el mensaje del coronel George Taylor en la playa Omaha de Normandía para arengar a sus hombres, tan paralizados o más que tú lo estás ahora: «Hay dos tipos de personas en esta playa: los que están muertos y los que van a morir; así que vámonos de este infierno».

Y toda la incertidumbre, la zozobra, los malos augurios, la imaginación disparada que se va irremediablemente a los pensamientos más siniestros empieza a aplacarse y deja paso a la rabia. A la furia contra el enemigo invasor que se hace necesario extirpar. Da tiempo a hacerse idea de todo a lo que te enfrentas y a no rehusar la pelea. Y entonces, ante la cita ineludible, los pasillos del hospital te traen desde lejos los pasos del cirujano, salvador de nombre y de ejecutoria, y en sus pisadas escuchas el eco del profeta Isaías como una esperanza invencible: «Benditos, sobre los montes, los pies del que trae buenas noticias, del que proclama la salvación».

  1. julio

    en mayo 10th en 14:01

    Maravilloso.

  2. Lovely

    en mayo 12th en 12:22

    Estoy contigo, el artículo de Javier Rubio es conmovedor como poco. Como pocos.

  3. Su

    en mayo 10th en 15:52

    Con el permiso siempre de su señora de usted: yo te quiero, y mucho.

  4. Lovely

    en mayo 12th en 12:21

    ¿También para querer hay que pedir permiso? Qué invasivas son las instituciones.

    De ahí el repunte del liberalismo, que viene a ser lo mismo (de siempre).

  5. Su

    en mayo 12th en 14:05

    Educación judeocristiana my friend.
    (Sobre los repuntes te diré que le president de la France y su señora de él Brigitte, me tienen fascinada. )