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Los que te ponen una terraza en lo redondo de la casapuerta lo hacen por Cádiz, no por tratar de ganarse unos cuartos más. No te quedes con lo fácil. Los que sepultan calles y plazas en logotipos de cerveza, los que las llenan de mesas y sillas de plástico tienen como único fin garantizar que sus paisanos tengan un medio de vida en el futuro. Si extienden veladores desde la careta hasta el cerro del morro lo hacen para velar por su ciudad, por tu ciudad. El empleo siempre fue su desvelo. Los números lo demuestran. De empleo les vas a contar a ellos. No te engañes. Que no te engañen.

Una vulva es una vulva y seis, media docena. Un pene es un pene y medio, una pena.

El que abre un restaurante lo hace para dar lustre a la marcacádiz, para fomentar su cultura gastronómica y atraer turismo con una promoción impagable, impagada por todos nosotros al menos. Son los que luchan para que cada año venga otro millón más de personas que nos echen algunas monedas en el platillo antes de irse. Si a esos restauradores (no de pinturas y monumentos, de los otros) se lo pides muy fuerte, si lo deseas mucho tiempo con los ojos cerrados muy apretados y aguantas la respiración hasta el mareo, esos emprededowers, ellos, todos, están dispuestos a hipotecarse para el resto de su vida.

Hasta ahí son capaces de llegar por ti, por mí, por Cádiz y la Humanidad. Si no quieres que la gente llegue a esos extremos, pues no se lo pidas, cojones, vamos a pensar las cosas antes de hacerlas.

Una vez, unos tipos que se habían intentado forrar en distintos sectores emergentes (vulgo, negocietes) abrieron una empresa de bebidas (concretamente de aguachirri) en Cádiz. Dijeron, para pasmo general, que lo hacían “por Cádiz”. Al poco, me crucé con un amigo de la infancia que trabajaba, asalariado, con ellos. Amargado, me dijo que se iba, que eran unos negreros y unos ávaros que le malpagaban por jornadas interminables y le habían obligado a pagarse los gastos de seguridad social, cotización y demás. “Será que en el Cádiz por el que querían trabajar no entrabas tú”, le dije.

Me extrañó. Un trabajador malpagado, acorralado por trampas, en Cádiz, en España, en cualquier sector que mires. No es común.

Todos conocemos, hace mucho, que las condiciones laborales en la hostelería son ejemplares. Es un área que por fortuna se ha librado: nunca sirve de refugio a bandarras y buscavidas, nunca atrae a trabajadores que buscan un refugio, nunca falta entre las plantillas vocación y dedicación. Puede haber alguno descuidado, mal formado y de paso. Pero es minoría. Los empresarios hosteleros -todos lo hemos vivido- tienen una formación vastísima y un concepto de la ciudadanía, de la colectividad, elevadísimo. Es normal que contagien con estas actitudes al personal con el que trabajan, y viceversa. Van por delante, por encima. Ya es decir en una sociedad como la gaditana, la andaluza y la española, caracterizada por el respeto y el apego al bien común, al trabajo grupal, a la norma, a la empatía y a la cesión mutua para el logro de cualquier objetivo. En cualquier rama. De tecnología a pesca, de agricultura a industria, derecho o periodismo. Donde mires, prima un concepto del respeto por el que empieza, de respeto al veterano, de aprecio por la excelencia, de apego a la legitimidad y la legalidad que sobrecoge así por los huevos muy fuerte. Está mal visto abusar del que empieza, despreciar al experimentado, distraer una tasa, malpagar a una mujer, despedirla por un embarazo, extender jornadas o adulterar horas cotizadas ¿Alguien conoce, acaso, a alguien que haya descubierto un pufo al ir a cobrar el paro? ¿Alguien conoce algún centro de trabajo en el que haya menos personas de las necesarias, donde el trabajo de cuatro lo haga uno cobrando como medio? En el mío, desde luego, no.

Tenemos que aprender a distinguir la suerte que tenemos para reconocerla cuando sea mala. Si no valoramos la buena fortuna ¿cómo apreciarla?

Por eso me asombró cuando Ángel León se llevó el cate. Nadie le valora nada. Todo es envidia. Ni que se hubiera expuesto en demasía, ni que hubiera tenido aires de divo compartidos con toda esa profesión elevada a los altares de la nadería mediática y la moda bienpensante. Nada de lo que se le puede achacar, que ya será menos, es exclusivo de su empresa ni de su sector, en todo caso. Nadie puede negar esto último. Nadie sabe lo que ha hecho por nosotros ni se lo agradece. Ni a sus colegas, reserva espiritual de occidente, capaces de convertir la artesanía y el oficio en pensamiento puro a cambio de nada. Mejor dicho, de deudas, de horarios infernales, de soledad, tensión y fines de semana perdidos. El resto de sectores empresariales miraba con pasmo cuando le linchaban porque en España llaman la atención los que, injustamente, parecen aprovechados, los repentistas o los corruptores que, desde lo privado, tratan de influir en lo público. Por influir entiéndase robar.

Hay una cierta desconfianza, mínima, hacia lo político pero a los pequeños y medianos empresarios, a la sagrada clase trabajadora, hay poco que reprocharle. Son un ejemplo diario de cómo levantar un país, de cómo levantarse por un país, apagar la alarma del móvil y volver a dormir. Que todo lo hacen por Cádiz, coño, por España y por lo que sea.

IMG_5719 (2)Es normal que algunas administraciones al fin empoderadas quieran introducir una cláusula para que los gaditanos tengan preferencia a la hora de trabajar en las obras que se realizan en la ciudad o la provincia (que alguna habrá). Es legítimo que velen por Cádiz, siempre por Cádiz. Aunque en este caso concreto esperemos que no sea por la Humanidad porque como en otros sitios hagan lo mismo, a ver qué hacemos con todos los gaditanos que van a tener que volver. La peregrinación del sábado a Nervión se iba a quedar chica comparada con la caravana de autobuses. En dirección contraria.

Los vecinos de tu edificio, igual. Nunca piensan en sí mismos, todo es por los demás, por los de las otras plantas. Si boicotean cualquier negocio en cinco millas a la redonda no es porque quieran dormir a la hora que les plazca o vivir como en un cinco estrellas como el Derecho les reconoce. Lo hacen por mantener la cordialidad ambiental y espiritual en el edificio. Por ende (Michael) en toda la manzana. Para que no se pudra. Podrían ceder un poco y lograr que el del negocio cediera otro tanto en sus pretensiones horarias o de espacio pero eso sería traicionar a la causa, cada uno a la suya. Lo colectivo, lo comunitario, se beneficiaría de la deseable flexibilidad mutua pero eso sería negociar, pactar, pensar en lo común. Y a ver qué iban a pensar de nosotros, que somos unos tibios, unos moñas. O Las Vegas o el Mancomunado. Entre medias todo es mierda. En ambos extremos, lo hacen por Cádiz, por ti, por mí, por todos los que se lo hemos pedido y ni siquiera lo recordamos.

Los listos que tratan de quedarse con la playa para llenarla de cajas y hacer una buena diaria dicen que lo hacen por ti, por recuperar la noche, la tarde, parte de la mañana y la madrugada, no vaya a ser que perdamos el futuro. Con lo gordito y lustroso que era nuestro futuro. Yo ya lo daba por perdido. Cádiz no tiene futuro ni presente, creía. Tiene un pasado fabulado, muy, muy lejano. Nada más y poco menos, pensaba yo. Pero no. Tenía uno de cada y estamos a punto de joderlo todo. Los que tratan de frenar a los de las playas, por fortuna, lo hacen para establecer un sano e imprescindible equilibrio de fuerzas. Que nadie vea oscuras maniobras de una competencia despechada e inquieta.

Los que llegan de lejos para tratar de ser dichosos aseguran que vienen a levantar esto. Ven que todas las manos son pocas para crear empleo, una obsesión muy común por lo visto, y se ponen a contribuir. A levantar Cádiz. Uno se pregunta si en sus lugares de origen no había gimnasios con los que ejercitar los músculos y coger peso como para venir a practicar con piedra ostionera. Será que, además, vienen a enseñarnos lo guapos que somos, la “suerte que tenemos”, lo bien que estamos, que ni lo sabemos. Y todo lo hacen por nosotros. Cuando a nuestro edén le apliquemos sus métodos: ¡Eureka!

Entre estos últimos están los que van a llenar el centro de pisos turísticos (también hay émulos gaditanos desinteresados). Eso sí que crea empleo, y de calidad, no como los hoteles que malpagan a las camareras de piso. Por eso, los pisos, cuentan con el apoyo institucional porque con cada apartamento turístico creamos dos puestos de cenicienta premium pro a media jornada (cuarto y mitad, en realidad). Los musicales están muy de moda y el complemento cultural es fundamental en estos casos. Tampoco es que supongan ningún problema añadido para el mercado de la vivienda. En Cádiz siempre fue barata y accesible gracias a la intermediación altruista de unos intermediarios a los que la propaganda tachó de “asustaviejas”. Lo que han tenido que pasar esas criaturas, lo caro que les han hecho pagar el sacrificio de sus vidas y sus haciendas en beneficio de todos. Aún les veo pasar, señalados y solos, por las calles del casco antiguo, rumiando el dolor por tanto desagradecimiento, esperando en vano el abrazo de alguien que reconozca su labor.

Cuando un autónomo se instala en una plaza, otro ejemplo, dice que quiere recuperarla. Ha que ser mierder para pensar que quiere recuperarse o crecer, pagar deudas o ganar más. Cuando un comerciante cierra una tienda o un bar, siempre es momento de llorar sobre la baraja echada y reconocer su sacrificio, su desvelo. Tantas horas por Cádiz, por el comercio, por nosotros, perdiendo dinero, vida y tiempo que lo mismo son.

Si una administración pública le da una medalla a una virgen, si le entrega un símbolo a un símbolo, afirma también que lo hace por Cádiz y por los gaditanos. No piense nadie, por un momento, que sus provisionales responsables tratan de ganar votos, que tratan de atraer a votantes templados y sobrevivir en el cargo. De qué. Para qué. Si están de paso. Si no quieren permanecer. Todo es por los habitantes de este sitio. Por unos cuantos, por lo menos. Por muchos, puede. Por los que no se resignan a vivir la religión como una elección y un hábito estrictamente privado, íntimo y personal, legítimo cuando es individual o colectivo pero a puerta cerrada.

A ver si crees que el PSOE ha pasado ese bochorno público por algún interés propio de sus dirigentes o militantes (legión creciente), a ver si te piensas que alguien pasa por ese calvario para mantener un trozo de la tarta de la administración (cada miga son apenas unos cientos de empleos bien jodidos) o por recuperarla, por vanidad política, por tener razón, por venganza o por ganar. Lo habrán hecho por ti, pedazo de mastuerzo (perdón, y mastuerza).

Y ahora serás capaz de agradecérselo con la abstención o votando a cualquier otro.

Es como lo de aquellos dirigentes de antaño (qué española es la ‘ñ’) que lo hacían todo por Cádiz. Porque en Cádiz -aunque algunos críticos interesados pretendan olvidarlo- también están sus cuñados, sus compañeros de promoción, sus amantes, parientes o primos, sus compañeros de partido y ayudantes. Toda banda necesita infantería y hay que tenerla contenta con frecuente ración de sal. En aquel caso, además, lo hicieron porque a los de su clase (en todos los sentidos) les corresponde. Nacieron para guiar y liderar, ellos saben que todo les pertenece. Y lo que no, debiera. Así que lo cogen. Qué van a hacer.

Estos nuevos dirigentes, por no discriminar, también lo hacen todo por ti y por mí, por Cádiz y la Humanidad. Por la gente. El hecho de cobrar 45.000 euros al año a cambio de su sacrificio es un nimio detalle que sólo confunde a cortos y mezquinos, a resentidos revanchistas. Para que los cobre otro… Que su novio también los cobre no cambia nada porque una anécdota multiplicada por dos resulta, igualmente, cero.

Me conmueven los dirigentes de mi equipo de fútbol, los que lo fueron y los que aspiran a serlo. Todo el día metidos en fregados judiciales, en líos de acciones, en pleitos e inquinas, sometidos a la duda, señalados. Tanto quebradero de cabeza por unos colores y por nosotros, sus seguidores. Llegará el día en el que tengamos que reconocer pleitesía a todos los que dejaron sus mejores años en el esfuerzo de sujetar nuestro sueño. Si tenemos ración de circo cada fin de semana es gracias a su abnegación. Podrían estar ganando dinero en cualquier otra empresa, brillantez y capacidad no les faltan, pero han decidido volcarse en fabricar nuestra alegría porque alguien tiene que hacerlo. Por Cádiz. Por el Cádiz, en este caso.

Por no hablar de periodistas. Eso sí que es sacrificio. Horas, semanas, vidas enteras, quemadas al servicio de la sagrada verdad. Dispuestos a publicar lo que la gente necesita leer por más problemas que cree al que lo escribe. Nunca pegados a la verdad del político que me paga, ni a la versión deforme de la empresa que suelta la soldada, jamás al lado de una ideología ni cegado por prejuicios, ajeno al sectarismo rampante, al pandillismo triunfante. A la búsqueda de la verdad, siempre, por más que se quemen los ojos y las manos. La comodidad de buscarse la vida con el truco de darle la razón al superior directo, al anunciante, al inmediato jefe, no cabe en un ejercicio vocacional innegociable que, afortunadamente, cuenta con el respaldo moral de todos los ciudadanos. Y subiendo. Qué menos. Los periodistas también lo hacen todo por la gente, por la de Cádiz o la que les toque en cada caso, y esa respuesta es lo mínimo que merecen. Hubo un tiempo en el que algunos decían o escribían por pura vanidad, por conveniencia incluso familiar, por tener razón y sentirse importantes, por acaparar oyentes, por puro ego y por supervivencia económica. Pero eso quedó atrás hace mucho. Vivimos tiempos que precisan de compromiso y ellos lo entendieron los primeros.

Qué decir de los activistas (lo que quiera que eso sea). Nadie sabe de ninguno que haya pasado de la protesta a vivir de ella en los últimos años. Nadie conoce caso alguno de tránsito de la solidaridad a la vanidad, de la causa a la pasta. Si hay alguno es la excepción que confirma la regla y estoy seguro de que me disculpará esta desafortunada expresión machista.

Si el Carnaval lo inunda todo, si se ha adueñado de todo, si usurpa el espacio de cada espectáculo y cada convocatoria no es por capricho. Si cada plan que se nos cae o queremos jubilar lo tapamos con una chirigota, cualquiera, subida en un escenario, cualquiera, no es por falta de ideas, por miopía ni por desconsideración al resto de tipos de música, músicos intérpretes, mucho menos por catetismo, por preferencia o conveniencia. Es por Cádiz, por regalarle al resto del mundo nuestro patrimonio inmaterial de palabras, mostrar al universo nuestra infinita capacidad para eso oral, para reproducirlo a todas horas, en invierno y en verano, llueva o ventee, por la noche, a mediodía y como no te lo termines, para desayunar mañana. Carnaval, Carnaval y Carnaval.

A los artistas y promotores culturales cabe dedicarles idéntico aplauso. Ya nadie pinta, escribe o canta por ver si bebe, si come o folla, por ver si cobra, por el halago, el aplauso, por gusto. Nadie programa ni planifica por una comisión o a la búsqueda de un puesto fijo que es incompatible con la libérrima vida bohemia. Lo hacen, todos, por Cádiz, para que tenga alma, vida y sonido, luz y letras bajo las que ampararse en los días fríos. Cuentan con el respaldo de otro empresariado -también hostelero- leal y comprensivo que nunca aspiró a tener concierto gratis ni exposición por la cara. Saben que a los ciudadanos no nos gusta lo gratuito, que queremos pagar por todo para garantizar la supervivencia económica de los autores.

Internet ha llegado para confirmarnos el acierto y confirmar esa creencia necesaria.

Así que en esos lunes en los que piensas que vas a trabajar sólo porque te pagan, que sientes que sólo te interesan unas pocas personas a tu alrededor, o ni eso, que te desencantas de ideales y utopías, piensa en ellos, en todos estos, en todos los que se esfuerzan cada día por sus vecinos, por sus semejantes, por sus compañeros, en suma, por Cádiz (o por Lugo, si vives allí).

Verás como te sientes una mierdecita muy pequeña, muy ruín, como un ladrón que cree que todos son de su perra condición.

Los hechos, los acontecimientos, los ejemplos de bonhomía te quitan la razón cada día y se la dan (en unos pocos minutos como enviada por Amazon) a todos ellos.