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Siempre me gustó La Mirilla, no la de mi puerta que no la frecuento. Soy verdulero y cotilla pero no tanto. Digo la otra, la de Amílcar Barca, en la esquina del Paseo Marítimo con la plaza de toros (alias plaza Asdrúbal). Por allí, por aquel salón al que le ha crecido la terraza, sí que ha pasado gente y vida de esta ciudad durante años y años. Todo lo contrario que por el descansillo de mi escalera que tiene el mismo movimiento que la mesa de contratación de las oficinas de empleo.

Tenía curiosidad por volver desde que supe que ese lugar célebre para copeo y café, abría cocina, tenía carta de tapas y platos serios para almuerzos y cena. Así que busqué lo único importante para disfrutar de una mesa, buena compañía. La conseguí multiplicada por cuatro. Un cuarteto (antagónico del carnavalesco) de damas bellísimas y predispuestas a la risa. Dos de ellas, hijas de las otras, no han cumplido ni los diez años. Las restantes, apenas los triplican.

Con ese panorama, que me gustara era probable. Y finalmente fue posible. Me pareció cocina divertida y bien resuelta, con ese rollo entre internacional, informal y tradicional que puede encontrarse en el Show de Tapas, el 33, Arsenio Manila y locales de esa cuerda. Creo que juega en esa liga, por debajo de los sitios de lujo pero por encima de los de batalla, y juega con solvencia. Yo diría que en zona UEFA, mínimo. Amplia la carta, traducida, wifi, detalles, propuesta decente de vinos y mucho añadido en pizarras.

Catamos Envoltini de salmón (foto zuperior), simple pero exquisito, un curioso pastel turco (a modo de moussaka, pero hojaldrado y con el punto justo de especias en la buena carne picada) más elaborada y que me encantó pese a que le tenía prevención. Foto d’abajo.

Cual colofón, un lomo alto de novillo que fue tratado con sabiduría, es decir, poco, lo justo, en la cocina. Regamos el asunto con José Pariente, Verdejo de Rueda que descubrí gracias a vuestros comentarios y que me llamó desde la carta como los niños que estaban en fila cuando había que elegirlos para jugar en el patio: “A mí, a mí, yo, yo…”. Vale, venga, vente.

Puede que el servicio no estuviera muy rodado, pero su buena voluntad lo compensaba. Mucho mejor que los sabios veteranos que te tratan d’aquella manera. Como remate, cuidaron a las niñas como lo que parecieron: adultas. Las guarniciones, generosas, originales, y la presentación, atractiva, desde la vajilla hasta la colocación de las papas en los platos infantiles.

Grata experiencia con la cocina porque el resto ya lo conocía. A la estupenda ubicación del sitio, cuyo sereno ambiente de sobremesa ahora se cuela en las comidas, a su oferta de pelotazzos y demás, se suma que sigue todo el océano a disposición, le han tirado una pared que convierte el salón principal en ampliación de la terraza. Me enteré allí que la propiedad es la misma (no les conozco), que no ha cambiado con la reforma. Los responsables de esta nueva cocina son Selu (ex Parador de Buenos Aires, ex Arsenio Manila con Carl Börg y luego en locales de León Griffoen) e Israel López Naranjo (formado con Ripoll y con Börg, ex Arsenio Manila, ex Griffoen… Entre otros).

Para evitar confusiones, conste en acta que el último es mi cuñado (toda la cara de Mascherano), padre de la única (por preciosa, por inteligente y porque no tengo más) sobrina y ahijada. Conviene que quien lo lea, lo sepa, pero como bien sabe mi pariente (no José, Israel) si no me hubiera gustado, jamás lo habría puesto a parir pero hubiera bastado con guardar silencio.

Es muy sencillo callar. De hecho, no escribimos de todos los sitios a los que vamos. Ni vosotros, ni yo. Pero esto, estuvo mucho más que bien.

P.S: Huelga (general) decir que ni fue una visita concertada, ni las damas pagaron, ni me propusieron invitarme ni jamás habría aceptado. Para hablar, hay que pagar.