Hace años que lo de la elección de Reyes Magos en esta ciudad, como en otras que no nos incumben ahora, me recuerda a una humareda negra salida de la hoguera de las vanidades. Quizás mejor, de una fogata de egos paletos en un bidón roto. Los movimientos que genera, las campañas que se hace la gente, la importancia que se arrogan muchos de los aspirantes me parece una de las mil demostraciones que podemos encontrar de la decadencia íntima de esta ciudad que siempre fue una vieja digna y ahora parece una bruja decrépita por mor de sus habitantes.
Todo esto tenía, tiene, sólo un sentido: echar un cable a los niños en una fecha muy particular. Si la vanidad se mezcla con la caridad, todos se convierten en damas de beneficencia, con sus estolas de pieles al rescate de los descamisados. La ayuda esporádica siempre es un mal sustituto de la justicia, del progreso real, del reparto y el equilibrio. Si se mezcla presunta colaboración con exposición pública voluntaria, el resultado es de una vulgaridad pornográfica, de una grosería que provoca arcadas, como el candidato a gobernador del condado que se hiciera una foto echando una moneda al mendigo en Main Street. Estos de la lista de coronables, algunos, no todos, de este año o de otros, no quieren ayudar a los niños, quieren que les vean ayudar a los niños y ese matiz todo lo convierte en retrete.
Acabo de leer la lista de ‘candidatos’ (‘the nominateds are…’) y espero que los afectos que incluye o ha incluido estos años atrás, grandes amigos, grandes profesionales y gente a la que respeto en muchos casos, no se me molesten, que no se den por aludidos, pero salvo las excepciones, algunas, la retahíla de nombres y supuestas ocupaciones me parece el colmo de lo provinciano, una oda al mindundismo. Hace tiempo que noté que esas oligarquías ineptas pero ávaras, fruto de la degeneración genética y endogámica de la especie, avanzaban de nuevo, incluso en esta ciudad, lejana de lo agroganadero y con otra tradición, con otra distribución social distinta a la del señorito y el labriego. Pero aún así, sin caballos, bodegas ni olivares, ganan terreno aquí también, son los patanes de casino de pueblo (este también tiene uno), los elegidos para la gloria con cartas marcadas, los hijos de y los impostores, farsantes casi todos, que necesitan compensar con nepotismo, sectarismo y ‘contactos sociales’ lo que fueron incapaces de conseguir con creatividad, trabajo, esfuerzo o formación académica de la real, de esa que no puede pagar papi.
Ser rey mago, en su lógica perversa, es un triunfo más.
Provoca sonrojo ver a (algunos) especuladores, diletantes, ociosos y espabilados en general infiltrados en esa lista año tras año (incluso con presiones a su entorno, como si esto le importara a alguien). Cada año me cuesta ver más la cabalgata por más que sea una obligación paternal. Este año, de hecho, puede que dimita antes de que pase el Cartero Real. Según a quién elijan, será ejemplo de nada o, quizás, de todo lo dicho.
No soy nadie para pedir decencia y moral a los demás porque no la tengo pero al menos no me postulo como aspirante a nada, no quiero representar a nadie. En cambio, sí tengo derecho al análisis de los que me piden el voto, no es el caso, o quieren encarnar unas horas a mi ciudad ante los niños. Si los tengo que aguantar por cojones en la vida pública, tengo derecho a réplica. Lo que hagan en sus vidas privadas, me la trae al pairo.
Alguno de vosotros puede pensar que me equivoco, que mejor ignorar, que es preferible no darle importancia. Pero lo de “no hay mejor desprecio que no hacer aprecio” es un refrán muy de gente bien. Le funciona a los afortunados, a los que siempre conviene la impunidad, el silencio. A los que crecimos en la plazoleta, con la pelota de trapo de la carbonería, nos funciona regular esa norma. Si los que estamos abajo, aguantando caramelazos, miramos hacia otra parte, si callamos o admitimos por pura indiferencia, dejamos más campo libre a su avance, permitimos que esa monarquía de mediocres (me refiero a la navideña) se eternice y se refuerce.
Cuidadito porque su ambición, su paso, es implacable gracias al amparo de las empresas y las administraciones públicas, gobernadas por tantos de ellos, y por la apatía de la gente que soporta la lluvia de caramelos.
El 5 de enero no tiene mucha importancia. Esto es una anécdota, un síntoma menor. El resto del año es cuando son realmente dañinos. Al menos, digámoslo.


en octubre 24th en 12:53
Yo conozco personalmente a un Rey Mago y solo le oigo hablar del empeño en conseguir dinero para que haya regalos nuevos para todos los niños, de la gran demanda que hay, de las dificultades. No sé de quienes hablas, pero me gustaría pensar que la gran mayoría está implicada en la causa, más que en el figureo. Y ojalá no elijan a esos que describes.
en octubre 24th en 12:55
@ Quiero
Ojalá. Sé que no son todos, así está escrito, faltaría. Pero sí que son muchos, cada año más, que cada vez es más gala social y menos ayuda solidaria real (que la hay, mucha, cuando desaparezca ya sería para deportar a los que mantuvieran tal paripé que ojalá no llegue).
en octubre 25th en 2:55
Te estás saliendo del pellejo, Lovelito.
Vamos a tener que quedar una tarde para ir a jugar al mus al Casino Gaditano, y ciscarnos (Reverte dixit) allí por la hipocresía de la más rancia raigambre social (¡toma ya!). Solo por poner un ejemplo y sin generalizar. Una pica en Flandes.
Mucho mindundi jugando a señorito cortijero. Los Santos Inocentes. La dádiva envenenada, ora un ERE, ora un muñequito para tu hijo.
Pero por tamaño me parece que no das el perfil para Cartero Real… ni de Estrellita de Oriente, claro está (ja, ja).
Me hacia gracia, cuando presuntamente atábamos los perros con longaniza, ese pueril debate entre los Reyes Magos o Papa Noel. En las fachadas y balcones de las casas se batía la batalla de la recreación histórica de los mágicos jugueteros. Ver para creer.
Hacia Belén va un camello… chin-chin.
Pd.- Illo, al Diario le sobran 24… Me cuentan que nos hermanamos con Sevilla pero para salir perdiendo. Está la cosa chunga.
en octubre 26th en 10:01
Ejemplo, es más “barato” donar 20 millones de € a Cáritas, que traer 20 mil puestos de trabajo a tu País.
en octubre 27th en 7:43
@ Juan
Pues gracias por la preciación pero admitirás que cuando me hago mala sangre (bad blood) me extiendo más de la cuenta. A mí, que existan, no me molesta. Bueno, sí, pero me jodo, lo soporto como puedo. Lo que me preocupa es que estén crecidos, que quieran más. Están desatados, confirmando la teoría de que nunca cambiaron de opinión, jamás se rehabilitaron ni retrocedieron, sólo estuvieron unos años en estado de hibernación, en crisálida, esperando que la sombra del Franquismo bajara, pero sin olvidarla y, mucho menos, cuestionarla.
Ahora reaparecen reforzados, ufanos, creen que todos sus dogmas religiosos, educativos, económicos y demás aún son los únicos y los mejores. Están dispuestos a imponerlos a fuego, su técnica preferida. Yo, la verdad, les temo y creo que es legítimo denunciarles y combatirles.
Me gusta lo que dices, eso sí que lo resume bien, el mismo que ordena un ERE que me despide le va a dar en 12 meses un peluche a mi niño. Es lo del dueño de Zara en versión diminuta. Es verdad que la donación, per se, es un gesto maravilloso. Es verdad que la explotación en talleres remotos, o no tanto, per se, está mal. Seguirían estando bien y mal, respectivamente, aunque el otro gesto no existiera, no hay que comparar ni hacer contraste, pero uno no te hace olvidar el otro, ni el bueno al malo ni al revés.
Aquí pasa lo mismo (lo de ayudar a los niños está bien, per se, lo de ser un patán es una mierda en sí mismo) pero con un componente que el de Zara tiene menos, la exhibición pública.
En fin, que ya lo dijo Santos Discépolo, que “el mundo fue y será una porquería ya lo sé, en el 506 y en el 2000 también, que siempre ha habido chorros, maquiavelos y apartaos, contentos y amargaos, valores y doblez”.
en octubre 27th en 8:17
@ Pantagruel
He discutido mucho estos días de lo del dueño de Zara y su mentada donación de 20 millones. Al final, he llegado a la conclusión de que la donación me gusta por sí misma y la explotación y la evasión fiscal me repugnan por sí mismas, pero no las quiero mezclar. O zeacé, a ver si me explico, es verdad que la donación, per se, es un gesto maravilloso. Es verdad que la explotación en talleres remotos, o no tanto, y que le quite miles de millones a nuestro sistema público (ya se sabe, sanidad, pensiones, educación…) es para cagarse en su sombra, que, per se, está mal. Una y otra cosa seguirían estando bien y mal, respectivamente, aunque el otro gesto no existiera, no hay que comparar ni hacer contraste, pero uno no te hace olvidar el otro, ni el bueno al malo ni al revés.
¿Si no hubiera hecho la donación veríamos mejor lo de la explotación y la evasión? No ¿La donación es indeseable porque explota y evade? No ¿La donación debe borrar lo que hace con su empresa? No
Me ha salido una canción de Amy Winehouse pero lo que quería intentar explicar es que o dejas aparte una cosa de la otra, o te vuelves majara. Eso sí, estoy con vos en que la caridad es un repugnante sustituto de la justicia.