Parece camuflaje y quizás sea sólo tiempo, problemas con los vecinos y la propiedad o simple dejadez. Parece difícil defender su atractivo, pero doy la fe que no tengo de que es un asombroso despacho de vinos (manzanilla en rama, por poner una tentación) en mostrador viejo (eso lo creeréis) de chacinas excelsas servidas con amabilidad discreta junto a un pan rusticae que, sencillamente, es una magna rareza. Acoge tertulias y parroquianos que ya escasean. También grandes tintos.
Todo eso ahí, detrás de esta fachada horripilante que, lloviendo, daría bien en una película de terror de Paul Naschy. Aún conserva el luminoso de estanco formado por una bandera española que se iluminaba.
Está en Fermín Salvochea, tras la Casa de Las Cuatro Torres, a 30 metros de la Plaza de España y la Central Lechera, en la esquina opuesta a la de las paradas de bus. Tiene mil nombres coloquiales pero el oficial es Mantequería San Carlos. Si te atreves…
Por cierto, la pureza de su oferta o su ambiente interior (con ‘decoración’ exageradamente ‘tradicional’, también) nunca justifica lo del exterior, por más motivos que tengan, que al cliente no le incumben. Soy de los que piensa que un lavado de cara no estropea recetas, embutidos ni caldos.
Está cerca del Bar Cicuta que ¡¡¡SIGUE ABIERTO!!! con el mismo nombre. Recuerdos, recuerdos. Agolpados.

en julio 25th en 11:06
Y muy cerquita, enfrente justo de La Lechera, está La Nueva Taberna que tambien mantiene su nombre de siempre pero con una decoración más marinera que antes. Al frente Pascual Benzo, genial, imprevisible, arisco y amable a partes iguales y gran profesional de los que Cádiz adolece, merece la pena probar un café de los suyos, por la mañana al desayuno intentará “colocarte” un Phoskitos. Salud.
en julio 27th en 2:28
Hombre, y allí venden unas aceitunas verdiales aliñadas que quitan el sentío. Y aceite de oliva virgen extra (el serrano Natura Oro de Olvera) que enriquece cualquier ensalada. Y tiene un buen surtidito de vinos denominación de origen (todos con sus precios puestos en genuinos carteles realizados a mano alzada sobre papel de estraza).
Decir que por esa puerta no se entra, sino por las dos laterales.
Algún que otro botellón he comprado allí (tal vez cientos de miles… ja, ja).
El Cicuta sigue exactamente igual, tal vez más pequeño incluso. Sus servicios son un ejercicio matemático de como economizar al máximo su espacio. Primero tengo que poner una pierna, luego girar un poco la puerta y si no coincide con la otra puerta abierta con suerte podrás salir de allí (ja, ja). Grandes veladas y míticas conversaciones a las puertas del Cicuta.
Lo que es increíble es el declive de la calle Manuel Rancés. Fincas enteras totalmente abandonadas, suciedad, escombros… Una verdadera pena.
Salud.