L´Obeli (pero llámame Lovely). Bares y restaurantes.

agosto 16, 2011

Perfil Utopiográfico

Nací una sola vez y además no la recuerdo bien, así que no puedo extenderme en detalles como si fuera un experto. Fue hace un tiempo. Sin querer, sucedió en Cádiz. Pero como es irremediable, he decidido celebrar esta casualidad.

Crecí, a lo largo y ancho. Mucho. Me reproduje a través de dos seres asombrosos que heredaron la belleza pausada, la fascinante humanidad y la dulzura exacta de la otra persona que participó en el proceso. La morenaza guenorra y pecosa que se limitó tan sólo a parirlos, a protegerlos y ahora, apenas, los educa todo el día.

Accidentalmente, ejerzo de periodista desde 1990, aunque no lo soy, carezco de la licenciatura aunque esa es la menor de mil carencias. Cuando la Universidad me llamó, me escondí en la cafetería de varias facultades. Aspiro sin certezas, alternativas ni valor, a dejar de serlo mucho antes de cumplir 67 años. Es que es mu esclavo (como la hostelería, la sanidad, la seguridad y los servicios, en general).

Llegados a este punto, toca empezar a morir. Como dijera el sabio del bigote “estamos trabajando en ello”. Muero con el jamón serrano que suda sabor, la carne y el pescado in their point, los guisos, las tortillas, el gazpacho, el salmorejo, el melón… Hasta con la leche fría y el pan crujiente, el vino suave, los bares, las cafeterías, los baches, los discopús, el johnnie enlutado, las frases y las historias que me gustaría haber escrito cuando ya es tarde y las he leído, las conversaciones con ritmo en las que me gustaría aprender a callar, el cine que me mueve de ánimo, sitio y tiempo, la frívola e impredecible emoción del deporte, las chirigotas ilegales, el mar, no los barcos, las motos (bueno, mi Vespa), los coches (en revistas), los viajes que hice y los que sueño con hacer, la amistad que debo aprender a cuidar, la música ya trasnochada sin descartar novedades y la vertiginosa sensación de compartir opiniones con gente, a la que pongo cara o no, en pantallas que sustituyen a las cartas, tan íntimas como queramos, pero personales y libres, por tanto llenas de necedades de ida y vuelta, de impulsos de los que arrepentirse, incoherencias y contradicciones.

Se trata de que nos ayudemos a morir disfrutando. Siempre estamos en eso pero habrá que hacerlo llevadero. Solo nos detendrá un médico. Y, si llega, ahí estaremos para consolarnos. Ya conocemos el final de la película, lo que importa es lo que pasa antes.

Estoy dispuesto a arriesgarme al ridículo con pistas, novedades, propuestas y proposiciones, generalmente de ámbito, local y provincial, aunque sin límites. Siempre que los demás hagan lo mismo. Si no, maburro.

Leave a Comment