Tengo la sensación (alguien más experto podrá convertirla en certeza) de que cada año se pone un vino de moda. Tuve esa impresión por primera vez, hace más de 15, con Marqués de Cáceres. Después, hace tres o cuatro, de pronto apareció por todas partes Luis Cañas. Luego le tocó a Azpilicueta, después Traslascuestas, Teófilo Reyes, Barbazul… Siempre son tintos, casi siempre Ribera o Rioja, aunque uno de los mentados es de Cádiz, afortunadamente. De vez en cuando se cuela alguno de Toro, Priorato. Pero no es lo común. Los que se imponen harán una gran campaña comercial y de distribución (digo yo). De pronto, aparecen en todas las barras y las pizarras, se adueñan del sector “vino por copas” durante unos meses.
Luego viene otro y así ad eternum, aunque los anteriores, cuando dejan de ser ubicuos, suelen perdurar.
Ahora, le ha tocado a Ramón Bilbao. No lo digo como crítica. Me sorprende la fuerza comercial, efímera, por relevos, que tiene de repente una bodega. En muchos
de los casos mencionados, son vinos que me han gustado, cuya relación calidad/precio considero más que notable. No todas las modas ni las campañas son perversas, claro. Las dos últimas veces que he probado Ramón Bilbao (crianza 2008 y reserva 2006) me ha gustado mucho, y sin clavazo, una cosita accesible.
“Es el que está de moda”, me dijo un camarero. Pues que dure. La de los pantalones caídos y los calzoncillos a la vista no. Esa, que pase cuanto antes.

No hay repuestas