lobeli
Comparta esta web en la Red Social de Google

Por cuestiones de espacio, edición y mi maldita graforrea, no ha podido salir la versión completa del artículo de opinión publicado hoy en LA VOZ di Cadi. Aquí va. Por si alguien…

 


La noche más triste

Esta noche, por anoche, podría escribir los versos más tristes, escribió Neruda un domingo de piñata. Porque el de ayer fue el atardecer más oscuro de todos. Y cuanta más luz antes, ya se sabe, más negrura cuando se va el sol. Por eso esta vez duele más. Ha sido el Carnaval más feliz, luminoso, alegre, completo y dicharachero de cuantos se recuerdan desde que se fundaron, hace un montón de tiempo, cuarenta días antes de la primera Cuaresma.

A muchos nos queda la misma sensación que con la última Gran Regata. Que esta vez, los calificativos gozosos se merecen de veras, que su grandeza ha sido incomparable respecto a las ediciones precedentes. Todo ha sido diferente para bien. Esa magnitud celestial del éxtasis vivido en Cádiz no viene de los grandes actos, que la fiesta gaditana es humilde, nació en los lavaeros y se alimenta de coloretes. Lo ha sido por la gente, por el pueblo que, al fin liberado de los yugos del engaño nefasto y sistemático, ha logrado hacerse con el control de su destino, en lo festivo también. El pueblo ha tomado las riendas de ese caballo llamado libertad y ha cabalgado por las calles, aunque aquí no hace falta la jaca para ir a pescar. Se ha notado en todo, de cabo a rabo (ya no hablo del caballo, claro). Desde el Concurso, por fin aliviado de los compromisos y componendas, transparente como un vaso de la mejor manzanilla de Sanlúcar, a salvo de los favores a los amigos y el arrinconamiento de los discrepantes. Han ganado los que tenían que ganar sin que nadie pueda intuir el menor favoritismo. Con los mejores horarios que se recuerdan, con una Final como las de antes, larga y llena de saborsito de aquí, de gaditanismo (lo que quiera que todo eso sea).

 
Y luego, las calles con los adoquines refulgiendo. Sin la molesta presencia de las ninfas, símbolo del más rancio heteropatriarcado, que tantos rancios han echado de menos. No había día que miles de personas no se acordaran. La caspa es persistente. Un gozo de fiesta, con toda la población, tan igualitaria, tan cabal, velando porque no hubiera el menor abuso machista o comercial. Con ese pregón costumbrista y sincero, al gusto de todos. Miles y miles de personas han podido venir sin ánimo de hacer botellón, a escuchar, perfectamente alineados en filas de a cuatro, caminando desde autobuses y estación a una distancia perfecta, la que marca el brazo estirado, cualquiera de los dos, para marcar el hueco perfecto entre ciudadano posterior y precedente. Ni grupos disfrazados de animadoras se han visto. Ya van aprendiendo.

 
Hasta más urinarios públicos que nunca vimos. Las cabalgatas fueron, al fin, tan atractivas para padres como para niños. Ya no hubo adultos que fueran con la cara larga a someterse al castigo familiar anual. Las ilegales cantaron cada vez que alguien les preguntaba cuándo y lanzaron al viento sus libérrimas letras para que volaran junto a las carcajadas del respetable en busca de las lavanderas. Siempre volvemos al lavaero. Ningún autoritario agente tuvo que interrumpir ningún cuplé ni hubo que plantearse ningún exilio. Bastante tenemos con los que cogieron ayer el puente en busca del pan que aquí se les niega.
Toda esa dicha sin rima terminó anoche, ocaso del domingo de piñata en el que Neruda cogió la pluma y la mojó en lágrimas.

 
Claro que cuando hizo aquel verso no existía el Carnaval Chiquito. Si no, de qué. Habría hecho un cuplé.