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He visto cómo Los Italianos se retocaban el maquillaje de vieja para volver a dejarse ver por la calle Ancha de las hermanas Sicur. Las tardes ya llegan con retraso a la hora de recogerse. Siempre tienen una excusa. Mi Vespa, por primera vez en muchos días, deja que lo hagamos a pelo, sin guantes. Me paseo con mi diosa de parches colorados en mangas cortas los dos, por el centro, porque se olvida el abrigo y nada nos lo recuerda.

Por muchas letras que se acumulen, más tengo pendientes, gracias a viejos lectores que me regalan un Cohiba para que me siente a contemplar el fin del mundo como un señor. Por más palabra traicionada, más quedan por oir de los sabios involuntarios y generosos. Por más fatiguitas que vengan, más regalos me hacen: camisetas preciosas con esbozos de motos y halcones malteses, pegatinas florentinas, crónicas zaharianas. Por más pantallas que cierren, más blanco y negro que rebuscar. Me amargarán almuerzos pero quedan desayunos. Faltará vino pero queda café. Los miedos familiares y laborales, en complú porque son hermanos, amagarán con aplastarnos contra la pared. Cada vez cuesta más respirar. Pero hasta con las costillas rotas, como si fuéramos el más honorable stopper escocés. A mí sólo me para un policía, que antes tendrá que cogerme y encerrarme, o un médico, y antes tendrá que asustarme y encerrarme.

A todos los demás, se les rompe la madre y en paz.

El banco de color sangre, los de recursos humanos, qué ironía, son impotentes, incapaces de quitarme las ganas de primavera. He visto señales de colores que les dicen, a las voces que me hablan, que hay vida después del Carnaval. La mejor para los que nacimos en verano y nos malcriamos al crecer en uno suave, que dura nueve meses antes de vomitar un invierno que siempre la espicha de muerte súbita. Que no llueva. Que también manden al paro a la Virgen de la Cueva, que ya vimos de chavales los grifos de agua cerrados. Pocos nos impresiona que ahora se queden ciegos los del dinero y la cerveza.

Creía necesitar a gente capaz de recordar que lo mejor es gratis, incluso cuando tiene dinero. Ahora, tiraré sin ellos. Son unos tristes y, como cualquiera que haya vivido el Carnaval sabe, andar esperando a los demás es una pesadez. Aunque el grupo sea pequeño, siempre hay uno meando. O peor, cagándola.

  1. AntonioMar

    en febrero 18th en 18:33

    Y en una esquina, al pasar, al alzar la vista, casi sin mirar, en silencio, apostado en la incertidumbre, allí estaré, extraño, desconocido, junto a otros… pero compartiendo contigo anhelos, inquietudes, desvelos y ansías de vivir.
    Los tristes quedarán en el camino, pero somos muchos los que podemos sumar esfuerzos y arrancar sonrisas, aún… frente a la desesperanza.