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El medio centenar is coming.

Queda más a la espalda -torcida siempre y herida hace seis años- que si echas la vista al frente.

Es pronto para el síntoma cinemascope que proyecta hechos, desechos y recuerdos lejanos con la nitidez que le falta a lo más reciente.

Aún convienen las excusas para hacer memoria y hacerla bien.

Esta mañana, Javier Osuna, guardés incansable del pasado del cante jondo y del otro en la tierra esta, tuvo el gesto inolvidable (para mí) de darme una. Mejor aún, de regalársela a mi padre que sí vive ya cada día en el pretérito perfecto. Fue guitarra de Paco Alba en una agrupación (‘Los fabulistas’, 1969), además de ensayar con otras dos y tener mucha amistad con emblemas de aquella mítica banda como Monzón, Brihuega, Emilio López Prats y, sobre todo, Galán (‘Pelón’ en mi casa), aquel hombre de ojos paulnewmanos, ejemplares patillas setenteras y porte imponente, fiel a su apellido. Siempre andaba por allí mientras yo era un niño. Siempre, sin un solo desliz, me pareció un hombre bueno y sereno, lo que tiene verdadero mérito si se tiene en cuenta lo guapo que fue. Ahora es una pasa, claro. Siempre pasa.

Como excomponente, mi viejito (en la foto de Juman enviada por Javi Osuna desde el archivo personal de Moreno) fue invitado a la inauguración de la exposición por el centenario del nacimiento del supremo hacedor de las coplillas y la comparsa. Interesante, por más que humilde, hasta lo apasionante. Ahora que abomino del PiolaCarnaval, que el Concurso me parece una condena hace mucho por cuestiones laborales y taras personales, que se me olvidó disfrutar de la calle y nunca supe rodearme de los que saben, me ha sorprendido descubrir que tengo tantos recuerdos amarrados a la fiesta, a las coplas, a esa bendita mierda del Falla, los cuplés o los estribillos y a sus miserables protagonistas.

Comento algunos de los que me han aparecido esta mañana, como revelaciones, por si queréis decirme si son invenciones, obviedades, exageraciones o simplemente estupideces:

.- La gente del Carnaval siempre ha estado tocada de la cabeza. Ya se sabe que la gente normal es tan despreciable como la otra pero estos, en concreto, son muy raros. Recordar algunas anécdotas de Paco Alba o leer algunas de sus entrevistas (expuestas) confirma que tanto los que cumplen cien años como los juveniles que concursan hoy con 14 sufren similares ataques de vanidad y tremendismo, idéntico astigmatismo que les hace ver su mundillo deformado, considerar este juego como una pasión fundamental y real. Asombra ver que era tan así en 1935 como en 2005. Resígnate para 2055.

.- Con todo, dejó himnos imborrables, casi todos y para todos, tradición oral premium, inolvidable, de una sencilla belleza porque la obra está por encima de las personas, de todas, siempre. (Valga para Kevin Spacey o Woody Allen, a los que Dios Momo guarde arriba en su gloria porque como los baje, los linchan).

.- Cadi es tan chiquito que asfixia. Hasta hoy apenas había recordado que Carli Brihuega -algo así como el Leo Messi de la comparsa en la actualidad, una especie de garganta zurda e infalible que hipnotiza a todo aficionado- debutó como comparsista en mi casa. Es literal. Sin matices. En la primera comparsa juvenil en la que salía (‘7 novias para 7 hermanos’) se quedaron sin local de ensayo y, como mi padre y mi tío les hacían el repertorio y les dirigían, se metieron ¡en el saloncito de mi casa! Sin exagerar, que había que apartar la mesa y las sillas, carajo. Así cuatro meses, a repetir una y otra vez las coplas, las mismas, a parar, corregir y volver a empezar, mientras yo trataba de hacer la tarea, estudiar y verme una peliculita antigua cada tarde (la última actividad era la que más me interesaba) a metrimedio. Lo recordamos esta mañana, con su madre, viuda del Gran Brihuega de Paco Alba. Puede que eso explique -pese a un efímero entusiasmo por las chirigotas de Aragón, Yuyu, Selu o Noly- mi actual aversión a la copla oficial fallera.

.- Con todo, Carli Brihuega (aunque no sepa valorar lo que canta ni cómo lo canta) me parece un asombro de bondad, un prodigio de timidez e introversión que le convierte en un extraño bicho en su mundillo. Es tan reservado y prudente que me dan ganas de abrazarlo cada vez que le veo, para decirle que no pasa nada. Será que le conocí con 8 años, pegando gorgoritos en mi casa, cuando yo tenía 10. Eso une aunque, entonces como ahora, no hayamos pasado del hola y el adiós.

.- Apenas volvimos a vernos, Carli y yo, hasta que -también me he acordado hoy- salió con Martínez Ares en ‘La trinchera’ y la comparsa entera se cambió en mi centro de trabajo. Caótica tarde que dejó manchas de maquillaje verde por todas partes. Aún deben de durar las más resistentes. También fui compañero de curro de Martínez Ares dos años. A ver si es que el Carnaval no me persigue y me lo invento.

.- También ha salido en las charlas la etapa en las que mi padre acompañaba en sus desplazamientos por esas carreteras infernales a El Peña, El Masa y los hermanos Scapachini. Los años de ‘La boda del siglo’, ‘Dallas’ y demás. Espero que nunca me cuente lo que vio porque, por una vez, imaginarlo puede resultar más soportable que conocerlo. Nunca me gustó ese universo profundo de payasos tristes que vivían a la cuarta pregunta, incapaces de gobernarse. Entiendo que mi padre, por fortuna para él, nunca tuvo las mismas tentaciones. O no todas o no tan frecuentes. Con un arrebato de lucidez que sólo se tiene más allá de los 80 años, mi padre admite que su mérito para ser guitarra de Paco Alba, de Antonio Martín (‘Los aventureros’ en 1972) o ayudar durante un lustro a los míticos cuarteteros fue “ser casi el único que no bebía alcohol en el Carnaval de Cádiz, eso me convertía en el conductor ideal y todos querían que fuera con ellos”.

Conviene no engañarse, jamás, nos lo dejó dicho Marco Aurelio y hoy me lo recuerda el viejo.

.- Uno de los presentes, al verme con mi padre y saber por qué aparecíamos por allí me ha soltado algo como “nunca pensé que tuvieras el más mínimo contacto con el Carnaval, ni me lo imaginaba, me choca, pensaba que odiabas todo lo que tiene que ver con el Carnaval”. No he sabido qué decirle pero me ha dado mucha vergüenza. Mucha.

.- Una reputada fotógrafa y yo hemos presumido, en la intimidad, de llevar ya varios años sin estrenar la acreditación del Gran Teatro Falla. Nuestro íntimo reto es no volver a usarla nunca más. Ni este año ni cualquiera de los próximos. Eso ya pasó.