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Conocí Utopía hace dos años. Fui allí a celebrar un aniversario, básicamente para hacer cochinadas al margen del universo pero nada más soltar la maleta, me topé con un abrazo a dos compañeros de profesión de Cádiz que iban a perderse como yo. Uno es maestro. La otra, descreída, lo será. Ambos, con sus parejas entragnables. Pensamos todos, sin decirlo, que era un chasco. Íbamos de incógnito y a las primeras de cambio estábamos abrazando conocidos y, no suele coincidir, apreciados. Luego compartimos cena (no me gustó el menú como el lugar) y fascinación, sobre todo, por el comedor, por ese café-teatro de techos infinitos, columnas al cielo negro de vicio, pantallas con cine mudo, música golfa, sorpresas con liguero, vitrinas licoreras de altitud incalculable y ambiente bohemio estupefaciente. Me pareció, aún me parece, el más ecléctico, seductor y asombroso que haya visto en Andalucía. Un prodigio camuflado en una callecita indescifrable de la pequeña Benalup. Ese maestro de letras, sanguinolento y rockero, nos invitó, tras el vino y antes de los licores, a una botella de cava, pero lo mejor que regaló fue una conversación beoda hasta el amanecer y su imagen cantando tangos. Lo hacía más de Lou Reed que de Santos Discépolo, pero lo cantó a todo volumen, boca desencajada, de pie, mano en el pecho cual peruano escuchando el himno antes de la semifinal de una Copamérica.

Me quedó un espléndido recuerdo de Utopía, de los martinis secos para el hombre que no soy, de la habitación (todas distintas, todas encantadoras, abarrotadas de exótico art-decó), de los detalles, del minimuseo, del desayuno, del lugar, de las terrazas. En algunos aspectos innecesarios, me pareció un poco sacaperras, admito que el origen del proyecto puede tener sus claroscuros y comprobé que su propietario, cantando tocado con ala ancha en plena sobremesa de madrugada, es algo divo, pero me quedaron muchas, muchas ganas de volver cada vez que quiera un homenaje a dos. Su programación musical es digna de bravo, más que aplauso.

Ahora, para colmo, o forzados pero dignos, estrenan menú de tapas, llamado Las Utopías, que sirven cada día en almuerzo y cena menos los viernes y sábados. A precios más que razonables. Es un sitio que atrae el talento (por eso lo eligieron las parejas de Pedro el Sangriento, Laura la Brava y la mía). Pero eso han contado con los más expertos asesores para ese menú de tapeo. Cualquier restaurante del mundo daría varios dedos de ambas manos de sus mejores cocineros por contar con semejante colaboración. Por poco que hayan sumado, ya es lujo. A ver si reconocéis a los de la foto, no es difícil. Varias estrellas, al menos dos de los más grandes, en la misma imagen. A pocas ideas que hayan dado y con el recuerdo de aquel sitio mágico, las ganas de volver se disparan.

Si aún no has ido, que lo dudo… Aquí tienes. No te lo pierdas por nada in the world.

 

  1. Miguel

    en octubre 17th en 20:05

    Tengo ganas de ir!! A ver si me acerco pronto…Atención, pregunta relacionada: ¿Mikel Erentxun tiene dinero invertido ahí o tan solo es muy pero que muy amigo de los dueños y por eso va unas pocas veces al año?
    Gracias!!

  2. Lovely

    en octubre 20th en 1:47

    @ Miguel

    Creo que no te vas a arrepentir. Si ves algún detalle rarillo, creo que lo compensará el imbatible encanto del salón, el narcotizante atractivo de las habitaciones, única cada una, el museito, la decoración, la barra, el ambiente en general. Para ir en pareja, me parece apabullante, afrodisíaco, lo que viene a ser la madre de todos los follódromos con ambiente musical, con algo más. La cocina, entonces, no me fascinó, pero han cambiado.

    Mikel Erentxun no es el único que para tres veces al año, y Adriá, y el de Kukusumuxu (o como se escriba) y Arzak, y Pablo Carbonell, y Wyoming, en fin. El tío está bien relacionado, pero lo suyo es ir con una relación propia.