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Si algo aprendí, hace justo un año, durante una inolvidable semana serena por unas islas griegas es que con actitud y poco dinero se produce más encanto y placer que con la proporción inversa. Recuerdo terrazas modestísimas pero arregladas con la honestidad con la que recibíamos los pobres honrados en casa. Sillas viejas, pero limpias. Mesas sencillas, pero con una flor cada una, todo recién pintado, cada sombrajo recién remendado. Son, o eran, más pobres que nosotros, más asustados, con la gasolina ya a dos euros el litro. Ya estaban machacados con la publicidad negativa a escala mundial pero al llegar a sus locales, a todos, sin excepción, notabas que querían que estuvieras bien, se entregaban, daban lo mejor que tenían de la manera más amable posible, hasta los camareros más ancianos se defendían en inglés, nadie te vacilaba ni tuve jamás la sensación de ser engañado en una cuenta ni de recibir un producto chungo.

Lo recordé ayer paseando por las plazas de Cádiz, que se desangra otra vez si alguna vez cerró la herida. Los sitios en los que antes había panaderías alemanas con excelsas teleras de centeno y avena, locales con amplia carta de vinos asequibles, helados italianos de veras y tapas antiguas revisadas se han convertido ahora en un montón de barajas echadas, carteles de traspaso y venta, escaparates llenos de polvo tras semanas de cierre y pizarras descuidadas con propuestas cansinas y letra torcida, como la intención de la mitad de los camareros, mosqueados o desesperados, quizás las dos cosas. En paseos preciosos, donde podría ofrecerse alguna tentación sencilla pero honesta (no hablamos de lujo) se juntan locales de saldo, de masas recalentadas y fritos refritos que han renunciado a seducir y sólo aspiran a sobrevivir, a cumplir el expediente por más gente que espanten, agarrados al clavo ardiendo del pan para hoy. Donde había tienda de ropa que me gustaba brota otro establecimiento de alimentación que (me da igual que lo regenten chinos, pieles rojas, gaditas o montañeses) ofrece lo mismo, con esa penumbra desanimada, con la misma tristeza resignada, que otros ocho que están situados a menos de cien metros.

Ya sé que buscar la calidad, la excelencia o el encanto a bajo coste en la hostelería puede sonar frívolo. Ya sé que no es una prioridad, sólo digo que es un síntoma.

Porque fuera de esos locales, a las puertas, en esas plazas desteñidas reaparecen los pájaros que huelen el miedo a kilómetros. Ocultan sus alas bajo prendas llamativas de marcas deportivas pero son buitres, gaviotas, palomas que están a la rapiña del poco dinero que cae del bolsillo de otros animales de su edad. Para disimular el robo, les dan a cambio chucherías tóxicas hechas con mínimas cantidades de hachís, cocaína o cualquier otro estupefaciente de calidad y efectos repugnantes. Todo aliñado con un butanito. Otra vez se expande el ocio terrorífico, el indeseado, como padre de todos los vicios.

De los últimos tres paseos por el casco antiguo, no sé si he vuelto con más pena que miedo o al revés. Qué lentamente mejoramos cuando vienen bien dadas y qué rápido nos pudrimos en cuanto se tuerce. Estamos deprimidos, acojonados, y en una ciudad que siempre fue nostálgica, con talento natural para la melancolía, se nota más. Nos apuntamos enseguida al gris, al “qué más da”, al “así mismo”.

Este deterioro acojona.

  1. Avenger

    en junio 18th en 15:52

    No puedo estar mas de acuerdo con Vd. Ayer mismo regresamos de alli; despues de pasar dias en Il Cantuccio, Ginger en Santorini; las tabernas a pie de muelle de Amudi o Naussa, todas como Vd. Dice, sencillas, limpias, arregladas, con sus farolitos, velas… Todas acogedora, con gente con una sonrisa pese a lo que esta pasando. Cuando ayer decidimos mi chica y yo pasear para calmar nuestra morriña gaditana, nos deciamos algo parecido, cuando veiamos como estaban algunos locales, como las mesas en algunas terrazas quitaban mas las ganas que invitaban a pasar un rato en ellas. Por suerte no todos los locales son asi, y siguen ahí manteniendo el liston. Esta entrada da para mucha reflexion, poco mas podemos esperar si esto es lo que vamos a tener estos años, miedo da pensar lo que se avecina. Un abrazo.

  2. Lovely

    en junio 29th en 9:14

    @ Avenger

    Está claro que, los que la tuvieron, no gestionaron bien “el progreso exprés”. Tampoco hay mucha fe en que sepamos manejar mejor la “turbodecadencia”. En el caso de la ciudad de Cádiz, al menos podríamos lucir la naturalidad del entrenamiento que tan bien utilizan en las islitas griegas. Pobres pero escamondaos, no pobres pero desconfiados y mosqueados. Hay de todo pero la mala pinta gana terreno.