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He visto a Bruce Springsteen. Live, loco. Dos veces.

Y a Tom Jones, en Praga.

A los Stones, en Irlanda, no quise ir porque soy gilipollas desde bien pequeño.

Hasta trabajé (con el poco entusiasmo que merecen todas las obligaciones) con Martínez Ares unos años.

He tomado café con García Márquez. Había 60 personas más en el salón, pero como si no estuvieran. Los demás bebíamos café frío cuando acertábamos a cerrar la boca. Él divagaba con una maestría que iluminaba aquel sitio, tan antiguo, a oscuras.

Me tocó entrevistar, en corrillo, a Felipe González. Y a Guerra. Hasta he tenido el honor de dialogar con Teófila Martínez (bueno, de intentarlo porque no deja meter baza monosilábica).

Incluso me tocó preguntar a José María Aznar cuando presentaba un libro en un El Corte Inglés de otra ciudad. Mientras esperaba que dedicara ejemplares a una cola infinita de feligreses, una señora de pieles y rubio pelo cardado me preguntó: “¿De qué periódico vienes?”. “De ‘El Mundo’, señora”. “Sois unos rojos asquerosos que no hacéis más que mentir e inventar porquerías para romper España”, me dijo. Sonreí asombrado. Nunca creí que también vería a E.T. in person.

Estos días me he acordado de ella. Espero que ya no esté entre nosotros porque si tenía colocado el listón del rojerío ahí (en 2001) no quiero imaginarme las convulsiones que sufriría hoy, al ver La Sexta o el tema ese de Cataluña -no sé si habréis oído hablar de él-.

Que el señor diosito la tenga en su gloria y, llamándola, le haya evitado el tormento.

Al grano. He visto jugar a la Cibona cuando era la Cibona, exiliada en Puerto Real. Y a Sabonis (siempre hablo en directo). Al Maradona crepuscular y abotargado. A Frank Lampard, box to box, gracias a Padrino Búfalo. A Ronaldo el bueno. A Zidane, en el partido en el que debutó en España un chinorri llamado Dani Alves que todos despellejaban en la grada (a mí me gustó por recorrido y entusiasmo, luego resultó tener un plomillazo irrecuperable). A Mágico casi todos los partidos que jugó en Carranza. Allí, arrodillado. Yo. Él, no. A don José Manuel Mejías. Incluso a Cruyff, que vino al Carranza como prejubilado con el Levante. Vi a Michael Johnson destrozar el récord mundial de 400 metros, también en Sevilla. No imaginaba que alguien pudiera correr tan rápido tanto tiempo seguido. Me parecía estar viendo una película.

Más recientemente, tuve la fortuna de que me animaran a ir tres o cuatro veces a ver al Caja San Fernando (o como se llame ahora) de Sevilla, en partidos de la ACB contra Barça, Gran Canaria o Real Madrid. Así tuve la suerte de que me descubrieran, señalándolos, advirtiéndome, a ese -por entonces- desgarbado y portentoso espárrago llamado Kristaps Porzingis que ahora excita a los descreídos habitantes del Madison Square Garden como no sucedía desde Sinatra (este se me escapó, con lo que yo habría dado).

También me dijeron aquello de “mira a ese chiquillo y recuérdalo porque va para estrella de las grandes”. Tenía 17 años, mofletes de Heidi, flequillo de travieso, cara de parvulario y un juego de pies propio de Fred Astaire. Con la dificultad de intentar pronunciarlo bien, me dijo Manuel Crespillo, gran aficionado, su nombre: Luka Doncic. Es el futuro, me decía cuando jugaba ratitos. Qué pronto ha llegado el porvenir. Qué divertido pensar hasta dónde puede llegar si tiene suerte con la salud.

Es decir, he visto a algunas estrellas del deporte, como todos los aquí presentes.

Pero pocas victorias me han hecho tanta ilusión como esta última, la de estas dos chicas.

Son de Cádiz y apenas tienen 12 y 13 años. Su triunfo puede parecer pequeño (campeonas de Andalucía, en infantil, por selecciones provinciales) y lo será pero para mí es grande por cercano. Mi hija compartió 40 ó 50 partidos con ellas, quizás un centenar de entrenamientos. Y me queda un recuerdo de dos niñas estupendas, generosas, trabajadoras, amables, inocentes, felices y divertidas, una compañía maravillosa que cualquiera querría para sus chinorros, siempre, en el cole, en la pista, en un cumpleaños o en la calle. Me alegró que mi hija estuviera con ellas y con otras diez o doce como ellas. Los niños siempre son lo mejor del deporte. Casualmente, resulta que estas dos eran apasionadas del baloncesto. Mucho. Tanto que juegan sin parar, nunca se aburren y mejoran sin descanso las virtudes físicas y mentales que traen de nacimiento. En definitiva, juegan pamatarce.

Mi hija ya no practica. Sé cansó. El juego no le engatusó lo suficiente pero cuando lo dejó me quedó la sensación de que “algún día igual veo a estas dos chicas, o alguna más, jugando por ahí, de profesionales, quizás”. Recuerdo haberlo pensado sin decirlo por vergüenza a exagerar o a contribuir a esa presión que a veces amigos y familia crean sin querer, alrededor. Pero por aquí no hay pudor, no se da la cara. Es internet. Además, la foto y el texto lo mandan clubes y federaciones. No ha salido de mí.

Pero recuerdo que lo pensé. Igual llegan. Es muy difícil, remoto. Quizás no sea ni deseable. Hay vidas mejores. Pero muchas peores. Quién sabe. En cualquier momento se les puede cruzar una lesión, una pasión, una obligación. Y adiós. Quedarán las pachangas con amigos (nada menos, de lo mejor de la vida). O les falla la voluntad que se necesita por toneladas. O la suerte para que te den la oportunidad, en el momento exacto, entre diez iguales que tú. O no les apetece el sacrificio permanente, prefieren no seguir o se apasionan por otra cosa.

Es más probable que no. Que nunca las vea jugar por la tele ni las meta en la lista de estrellas que pude ver en directo. Sería más bonito aún. Podría decir que las vi jugar con 10 años.

Pase o no, que no pasará ni falta que les hace pensarlo, nunca dejaré de alegrarme de sus victorias (sean unos exámenes, un concurso de pintura o, como ahora, un campeonato de Andalucía de selecciones provinciales infantiles) y sobre todo de que mi hija las salude con ese pudor de los preadolescentes. Hasta a mí me saludan con tierna educación.

Se llaman Lucía Asencio (CB Ciudad de Cádiz) y Laura Molina (Candray) son de Cádiz y, por cierto, empezaron a jugar en el colegio Gadir (no sé si la primera sigue entrenando allí), una pista infame y peligrosa que lleva años esperando un poco de mantenimiento para reponer la dignidad rota, para tapar goteras y agujeros. Esta ciudad no les ofrecía entonces, ni ahora, mejor equipamiento. Los hay pero no les tocan a ellas, nunca hay sitio, nunca es su turno. Nadie les arregla aquello. Tiradas, solitas, sin ayuda. Que nadie venga luego a tocar sus medallas ni a ponérselas. Las han condenado a jugar en un empedrado sombrío y húmedo. Aún así, mira cómo juegan. Imagina si les echaran un cable mínimo, de ley, las instituciones que cobran impuestos, tasas y multas para tratar de gestionar un presupuesto para este tipo de cosas.

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En la foto triunfal, las dos que flanquean a los técnicos rapados en la fila superior.

Probablemente, no. Seguro que no. Es casi imposible llegar. Puede que no quieran, o no puedan, que les espere algo mejor que el insano y dañino (Rafa Nadal dixit) deporte profesional. A qué pedírselo. Ni esperarlo siquiera.

Pero por si acaso, por jugar, como una broma, recuerda sus nombres. Yo no los olvidaré, acaben siendo profesionales del basket, taxistas o peritos agrónomos, por buenas chiquillas.

Bueno, y porque todavía me acuerdo de los que jugaban bien en mi quinta, en mi época, a todo, al fútbol, al balonmano, al basket… De todos.