L´Obeli (pero llámame Lovely). Bares y restaurantes.

julio 22, 2017

Rinconazo y Recreo Grande

Hace unas semanas, el medio en el que trabajo todavía publicaba un listado de “bares de barrio”. Aquí lo tienes.

Se supone que son lugares poco turísticos, nada vanguardistas, muy clásicos en forma y fondo de alacena, atestados e infalibles, celebrados por su entorno vecinal, sobre todo.

Festejé mucho la presencia de varios, especialmente el Bar Bohemia, Bar Nono y La Primera Levantá, en Cádiz. Sin embargo, como suele suceder con esto de las listas tan de moda, siempre incompletas y subjetivas, me sobresaltaron más las ausencias. La de Er Beti, en El Puerto y dos de Cádiz que ahora detallo.
No entendí la de El Rinconcito, en la calle Antonio Machado, allá en el ignoto barrio del Avecrem en Cádiz. Si la capital gaditana tiene algún templo inevitable e inexplicable del tapeo parroquial es este, por definición, antonomasia y jerarquía. Su carta a boli, su incomodidad acogedora, su amplia estrechez, sus fritos impecables de pescado, sus ensaladillas y pinchitos, sus bombitas… Todas esas delicias que provocarían un infarto a nuestro cardiólogo, sus especies marinas inusuales, su trasiego, ese inexplicable pasillo de entrada, esa entrada en la que no se cabe, sus mesas ocupadas de forma crónica, en un lugar escondido… Es el bar de barrio con pequeñas letras doradas. El argumento para excluirlo que me dan los compañeros es “que ya se ha mencionado muchas veces y lo conoce todo el mundo”.

Es cierto pero nunca se debe descalificar a un local por “demasiado mencionado”. Digoyó.
Pero en estos juegos divertidos y algo tontos de las listas, siempre queremos hacernos los interesantes y añadir. Así que me lanzo para aportar la segunda ausencia llamativa para mí. Se trata de El Recreo Chico (San José esquina Cervantes, en Cádiz). En este caso, sí que había un gran argumento para no incluirlo: acaba de abrir hace tres meses y se supone que se trataba de hablar de lugares muy veteranos, de largo recorrido. Sin embargo, creo que pese a su renacida juventud (reabrió el pasado mayo tras más de 25 años cerrado) recupera todo el encanto que su nombre mantenido evoca al entorno vecinal.

Fue un lugar muy tradicional, incluso dejó en la memoria colectiva del Cádiz del siglo XX muchos episodios, puede que el último fuera un tiroteo sin víctimas (¿detención o persecución de sospechosos de ser terroristas en los convulsos primeros 80?). Lo regentaba por entonces el padre del actual rector de la Universidad de Cádiz, Eduardo González Mazo.


Las primeras visitas de la nueva etapa confirman que ha llegado, ojalá, para quedarse, que tiene argumentos sólidos para resistir y todas las virtudes para convertirse de nuevo en fijo para lugareños y visitantes, en lugar de escala frecuente para muchos tipos de clientes. Sobre todo, los que gustan de comer bien y de siempre. Las cabezas, las manos, las espaldas y las piernas responsables son de los hermanos Delia y Germán Moreno. Veteranos de varias cocinas y barras prestigiosas de Cádiz que emprenden la aventura por su cuenta. Aportan algo muy personal a un local tradicional y pequeño, familiar desde las recetas hasta las dimensiones, con apenas tres mesas y menos de diez metros de barra con un solo ángulo.

Está cargado de memoria, no ya en su historia, también en su carta, con unas quince propuestas más cinco postres. Ofrecen un tamaño único, ni tapas ni raciones, platitos (podría hacerse un precio medio de cinco euros, aunque abundan los que rondan los tres) que conectan con las abuelas sin renunciar a la técnica y los guiños aprendidos en los últimos años.

Lo demuestran el particular bocata de calamares (de potera), tan manido en otras ciudades y tan raro ya por aquí. O una tortilla individual, llamada “chica”, hecha al momento, como el arroz de atún, el socarrat o el que va cambiando cada jornada. Queda espacio para una tapa del día, me corresponden unas albóndigas de carne al toro que me parecen deliciosas. Para pedir tres cuencos más. También hay fritura del día que muestra buena técnica y buena elección de producto. Me tocó caballa y estaba muy bien tratada. Dignas de la pericia de madre o abuela esas “croquetas de la Juana”. Y de aplauso, la carrillada moruna y el dourado de bacalao.
Me quedo sin sitio en la barriga, tras dos visitas, para alguna otra propuesta y para los postres pero habrá ocasión de volver. A los bares de siempre (aunque tengan tres meses de vida recuperada) siempre se vuelve con frecuencia.
Y El Recreo Chico, como El Rinconcito, ofrecen motivos diferentes pero muy grandes para estar en esa lista. Al menos, en la mía.

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