L´Obeli (pero llámame Lovely). Bares y restaurantes.

enero 31, 2014

Siete puertas

La primera fue un acontecimiento. Siempre lo es. Yo no la busqué pero la deseaba. Apareció. Casualidad aunque había imaginado algo durante una adolescencia demasiado larga. Un amigo me dijo de ir, me la encontré. Una cosa llevó a la otra. Lo de siempre. Un accidente provocado por ambas partes. Las ganas atrasadas rugían ya, tronaban con volumen de necesidad física, también teatral, social.

Aquella del debú era alta, un revoltijo de luz. Solar. Algo guarra y malhablada como casi todas por entonces, cuando se fumaba, se bebía y eran diarios los rituales de café-confesionario con horario fijo, o de cerveza sine qua non antes del almuerzo. Se vivía más en la calle, se miraban menos pantallas. Probablemente por mi fascinación de novato, por la urgencia del ansioso, aquello me sacó lo que quiso a punta de promesa. Con 22 años le das tres vueltas al mundo corriendo detrás de la zanahoria y ni pierdes el aliento.

Siempre hay gente buena alrededor que te ayuda a domar la situación. Recuerdo a uno de León, con tres o cuatro cojones por milímetro cúbico de sangre, que me dio las primeras claves para sobrellevarlo. Luego entendí que no hay muchas más, todo chascos. También estaban los compinches de tu misma edad y situación. Sin andabas listo, podías escarmentar en sus cabezas y aprender antes. Siempre hay gente perra que, claro, mandaba. Uno de estos, rijoso hasta dar fatiga, ejerce ahora de salvador de tradiciones patrias (chicas) aunque siempre, ya entonces, era un cuatrero, un ratero de guante negro y mugriento. Inteligente y superviviente pero repulsivo en fondo y forma. En una de sus faltonas exhibiciones de mal gusto lo cogí por la pechera y lo levanté del suelo, a Picaporte pongo por testigo. Esa satisfacción me llevé. No descarto una reedición. Yo tenía la mitad de años, 30 kilos más y los mismos centímetros. Él tenía más de 40, 30 kilos menos y muy mala lengua. Según presumía zafio, salpicando miasmas como fuegos artificiales, superdotada para el cunnilingus. La conserva pero sólo me consta que le dé el uso común de la difamación interesada.

Con todo, fueron los primeros placeres, todo descubrimiento, juego. Y los primeros fastidios, el desencanto inaugural, las decepciones, dolores, rupturas, dudas, todo inherente (si comparte campo semántico con “adherente” querrá decir “pegado por dentro”) a la nueva condición.

Con la segunda conviví otros dos años, cambiamos de estado, de sitio, de estado de sitio, y de domicilio. Nos mudamos. Del primer nido de la calle Nueva a un tugurio en la Plaza Esquivel. Una entreplanta infecta que nadie querría habitar, propia de un detective de serie B, incluso de Colombo. Pero como sucede con los coches, con los pisos, como dijo Mao con una Mahou, cuanto peor, mejor. A más mierda y desorden en el entorno, a más cutre y barato, más pura la vida brilla y se respira mejor. Un no parar, una especie de piso de solteros con parejas que intercambiaban bailes. Un domingo por la mañana, llegué fresco e inocente y me encontré a un célebre fotógrafo sentado en una silla, con los pantalones bajados. Encima, perfectamente acoplada, tipo piezas de Lego, e igualmente en pelotas una chica. Alrededor, cervezas vacías, restos de cubatas y otros medios de transporte. Los dos, roncando plácidos, inconscientemente amorosos aunque se conocieran de nada, en un equilibrio asombroso. Tras dar dos pasos atrás y toser en falso, se recompusieron discreta y apresuradamente. Pero valga como foto fidedigna. Había mucho cambio de pareja entre canción y canción, incluso durante. Estábamos probando, probando. De todo lo que podíamos. Para educar el criterio decíamos, para disimular el placer inmenso. La calle era lo primero y nos daba igual comer, seis días de cada siete, el mismo menudo en el Bar Cabaña de La Laguna. Uno de los mejores del orbe, por entonces, por cierto. Aún era un juego todo. Básicamente, follar era la prioridad, a cualquier hora, en cualquier sitio, sólo a la altura de salir, bailar, beber y reír. Luego supimos que todo eso dura poco. A nosotros, apenas nos duró diez o quince años. Un suspiro.

La tercera cogió la inocencia, la partió por la mitad y la pisoteó hasta dejarla convertida en polvo de cristal. Igual nos tomamos en serio y eso siempre sale fatal. Tan en serio que nos mudamos a la calle Ancha, a una finca antigua, un pisazo. Ya era otra cosa. Peor. Aparecieron con ella las familias, los celos, las rencillas, los mayores, los amigos, las amigas, los cuñados, las obligaciones, los reproches. El juego se fue a tomar por culo. Estallaron rencores que aún siguen vivos cuando me cruzo con alguno, odios gaditanos (a la altura de los prestigiosos africanos) que perduran. Estrenamos los portazos, las despedidas, las lágrimas, las broncas. Que si tú ganas más. Que si yo valgo lo que valgo y tú eres un descamisado como tu madre. Aún éramos tan chavales que la vida se colaba de vez en cuando con una botella en toda esa mierda. De pronto había que defenderse. Una situación en la que todos sacamos la cubertería más cruel y tiramos los cuchillos con extrema torpeza. Volaron los gritos y los cates.

Por ser justos, en ese tiempo convulso también vimos la otra cara de esa estafa dolorosa que es la madurez, un supuesto premio que sólo se obtiene a base de hostias. Esa misma etapa que tanto tormento me dio me permitió tomar café hora y media con García Márquez (tengo que escribir lo prodigioso que contó por si se me olvida), conocer a algún presidente del Gobierno, ver la cara asombrosa y labrada en chocolate con leche de la diminuta Halle Berry, asistir a una bronca de un abotargado Maradona a dos metros, crónicas de la Cibona de Zagreb y otros lujos similares, rodajes, acontecimientos, momentos, privilegios. Era muy puta aquella pero me hizo conocer algo.

La cuarta fue provisional, efímera. Ya con todos los cardenales a cuestas me fui con ella cerca de Puntales. Tristón. A veces se impone la sensación de que cualquier etapa que empiezas es el final de todas las anteriores. Sucede mucho alrededor de los 30. Tiene uno la sensación de que algo se está terminando todo el tiempo pero cuesta concretar qué y cuándo. La mugre pegajosa del compromiso y la obligación, el miedo “a perder lo que tenemos, esto que hemos construido” se apodera de todo como una enredadera. Aún quedaban coletazos, dulces como chupitos de sobremesa. Alguna juerga doméstica y algún acontecimiento. El más hermoso y breve llegó cuando esa mujer entró en el despacho y cerró la puerta. Traía puesta la sonrisa que usan cuando hacen de domadoras. Sólo de tarde en tarde por no aburrirse gastando el recurso fácil.

“Tengo que enseñarte una cosa”.

“Dime”, dije como un robot mientras alzaba la vista de los papeles con desgana.

Ella levantó los brazos. Recuerdo que pensé “tiene bonitos hasta los sobacos, lijadeputa”. Llevaba un trajecito de esos como de algodón, leves y prometedores, manejables, veloces y desechables, que se anudan al cuello. Como si se pusiera un collar, hizo el gesto con las manos en la nuca, tocó algo un segundo y el vestido cayó al suelo haciendo ondas, como los telones y las banderas. Igual no fue tan bonito, ni tan despacio, no sonaba música pero me quedó un recuerdo tal que le echo todo el cuento que tengo. La cosa es que cayó y allí se quedó ella, larga y morena como la noche que yo quería pasar, sin más que un tanga de esos con encajes, con dos tetas como panes de campo, dando vueltecitas, dibujando ángulos con las rodillas y las caderas.

“¿Qué tal? ¿Te gusta? Esta noche te espero”.

Tragué unos diez litros de saliva, hasta dejar la boca seca, quería soltar un grito de afirmación, entusiasmo. No salió nada. Me pareció tan hermoso que aún no sé si sucedió o me lo he inventado. Como creo que mi mujer lee esto, me inclino por lo último. Si pasó, fue una excepción postrera, el fin de la delicia improvisada, de la pura vida del hedonismo provinciano y playero, el epílogo de la levedad, el inicio de la era de la rutina, queda proclamado el imperio de la obligación.

La quinta me llevó a Sevilla. Era primera división, alta gama. También la conocí por casualidad. Le gusté. Me mudé por ella a Los Remedios, fíjate. Avenida República Argentina. Suena del carajo. Fue una aventura. Cinco años. Se cansó pronto de mí porque la fascinación primera se le pasó enseguida, descubrió la verdad al rato, me vio las costuras. Creía que yo sufría, me compadecía. Yo me reía a escondidas. Ella juzgaba. Yo aprendía tanto, me probaba con tanta frecuencia, mejoraba tanto jugando donde no me correspondía que me recuerdo feliz casi a diario. Disimulaba bien porque a varios de los que la frecuentaban les daba pena. Creían que estaba solo y perdido, a merced. Estaba tranquilo y esperando. Resistí. Al final, gané. Con ella conocí a los mejores, a los más brillantes, talentosos y capaces, me regaló un búfalo. Cuando se acabó, me lo llevé para siempre. Con ella también caté a enormes cretinos, acomplejados y soplapollas pero siempre supe que se quedarían por allí o lejos. La dejé yo a los cinco años cuando ella creía que me iba a dejar desde la sexta semana. Incluso me pidió que me quedara, al final. Gocé poniendo excusas. Ya había aprendido, había disfrutado y competido, había ganado. No pintaba nada allí. En Cádiz tenía que pintar un pequeño dormitorio de rosa.

Con la sexta volví a Cádiz, o donde pierde su buen nombre, al borde del agua y el puente. Y van diez años (menos cinco meses) de relación que acaban esta noche.

Al principio, se me fue la cabeza. Parecía la última oportunidad y me creí esa mentira. Pura vanidad. Le puse todo el entusiasmo, todo el derroche de horas, de fuerza y salud, de paciencia y atención, de desvelo, toda la energía de la que sea capaz. O eso creo yo. Igual fue poca pero me parece recordar que sin reservas ni dudas, sin pensar, con la respiración aguantada, agua tapada, que sea lo que sea, doce, catorce, dieciséis horas al día, fines de semana, festivos, madrugadas…

Cuando entendí, a la vigésima patada sin balón, y sin sentido, tras ver la trigésima carta marcada, que era la mayor estafa de todas, la mayor concentración de mezquindad y mentiras, de intereses, intrigas, estupidez, ambiciones, soberbia y egos que había conocido en las seis aventuras, el desencanto fue equivalente. Muy grande, muy parecido en intensidad al empeño que le precedió.

Hubo que aguantar porque al cuarto rosa le siguió uno azul celeste. Y, no nos escondamos tras los niños, porque tampoco dan el valor y la cabeza para más. Diez años así. Ya con todo convertido en deber. A veces se cumple, y sobradamente. Otras muchas sabes que no. Un día te demuestran que da igual cumplir, morir o matar. Entonces tienes que recoger, uno a uno, los palos del sombrajo. Entiendes que no quieres eso, vaya mejor o peor. La aparición de un maestro, cada domingo, fue un alivio grande. Internet, también por casualidad, empezó a regalar alegrías con nombres raros. Pero empieza a faltar tiempo y necesitas hacer más de lo que quieres y menos de todo lo demás. Lo que debes es una condena. Con ninguna de las otras cinco anteriores conocí tanta mala baba. Puedo ser ingrato pero intentaré ser justo. Ella siempre cumplió con sus obligaciones. Bueno, con la obligación única, primera y esencial en este tipo de relaciones. Acabáramos. Pero con todo, cuesta. Ganarse la vida siempre es la mejor forma de perderla. Los diez años se han hecho largos y me han envejecido más que los 35 anteriores.

Aparecen las goteras. Ya no bebo (sólo los sábados), ya no fumo (hace un mes), ya no como (sólo sábado y domingo), ya no viene nadie a desnudarse al despacho que no tengo. Ya no hay entusiasmo, esperanza, disfrute, ni improvisación. El miedo por los chicos y los mayores lo va llenando todo. No tengo ganas más que de asombrarme, aprender y viajar.

Desde aquí, así, es imposible. Veremos qué tal va la próxima. Me voy.

En definitiva, es el último día en la redacción de La Voz del edificio de la Zona Franca.

El lunes me reincorporo a otra, a la nueva oficina, la séptima redacción, ésta también de La Voz, que conoceré en 24 años de trabajo, aún ininterrumpidos. Todavía me da vergüenza cuando me llaman periodista. No lo soy. Fue un accidente. Largo, pero accidente. Ni siquiera me gusta ya. Un poco tarde para caer en la cuenta. Eso sí, de cobrar no me quejo.

Habrá que tomar el traslado de sede como un taburete para subir el ánimo. No estamos para despreciar cambios ni novedades.

P.S: A los que aprovecharán la mudanza de La Voz para anunciar (otra vez) su final, su cierre, decirles que parece que todavía no. A los que lo desean -a veces parece que legión- sólo pedirles un poco de paciencia. Esto es como desear la muerte de alguien. Es cuestión de tiempo. El éxito está garantizado. En algún momento, llegará. Sólo que no podemos comprometernos a dar una fecha. Igual se muere antes el que lo espera, que viene a ser lo mismo. Si sucede, también deja de ver La Voz. Deja de sufrir. Ya está. Fundido en negro, en cualquier caso. Calma.

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