Siete puertas

La primera fue un acontecimiento. Siempre lo es. Yo no la busqué pero la deseaba. Apareció. Casualidad aunque había imaginado algo durante una adolescencia demasiado larga. Un amigo me dijo de ir, me la encontré. Una cosa llevó a la otra. Lo de siempre. Un accidente provocado por ambas partes. Las ganas atrasadas rugían ya, tronaban con volumen de necesidad física, también teatral, social. Aquella del debú era alta, un revoltijo de luz. Solar. Algo guarra y malhablada como casi todas por entonces, cuando se fumaba, se bebía y eran diarios los rituales de café-confesionario con horario fijo, o de cerveza sine qua non antes del almuerzo. Se vivía más en la calle, se miraban menos pantallas. Probablemente por mi fascinación de novato, por la urgencia del ansioso, aquello me sacó lo que quiso a punta de promesa. Con 22 años le das tres vueltas al mundo corriendo detrás de la zanahoria y ni pierdes el aliento. Siempre hay gente buena alrededor que te ayuda a domar la situación. Recuerdo a uno de León, con tres o cuatro cojones por milímetro cúbico de sangre, que me dio las primeras claves para sobrellevarlo. Luego entendí que no hay muchas más, todo chascos. También estaban los compinches de tu misma edad y situación. Sin andabas listo, podías escarmentar en sus cabezas y aprender antes. Siempre hay gente perra que, claro, mandaba. Uno de estos, rijoso hasta dar fatiga, ejerce ahora de salvador de tradiciones patrias (chicas) aunque siempre, ya entonces, era un cuatrero, un ratero de guante negro y mugriento. Inteligente y superviviente pero repulsivo en fondo y forma. En una de sus faltonas exhibiciones de mal gusto lo cogí por la pechera y lo levanté del suelo, a Picaporte pongo por testigo. Esa satisfacción me llevé. No descarto una reedición. Yo tenía la mitad de años, 30 kilos más y los mismos centímetros. Él tenía más de 40, 30 kilos menos y muy mala lengua. Según presumía zafio, salpicando miasmas como fuegos artificiales, superdotada para el cunnilingus. La conserva pero sólo me consta que le dé el uso común de la difamación interesada. Con todo, fueron los primeros placeres, todo descubrimiento, juego. Y los primeros fastidios, el desencanto inaugural, las decepciones, dolores, rupturas, dudas, todo inherente (si comparte campo semántico con “adherente” querrá decir “pegado por dentro”) a la nueva condición. Con la segunda conviví otros dos años, cambiamos de estado, de sitio, de estado de sitio, y de domicilio. Nos mudamos. Del primer nido de la calle Nueva a un tugurio en la Plaza Esquivel. Una entreplanta infecta que nadie querría habitar, propia de un detective de serie B, incluso de Colombo. Pero como sucede con los coches, con los pisos, como dijo Mao con una Mahou, cuanto peor, mejor. A más mierda y desorden en el entorno, a más cutre y barato, más pura la vida brilla y se respira mejor. Un no parar, una especie de piso de solteros con parejas que intercambiaban bailes. Un domingo por la mañana, llegué fresco e inocente y me encontré a un célebre fotógrafo sentado en una silla, con los pantalones bajados. Encima, perfectamente acoplada, tipo piezas de Lego, e igualmente en pelotas una chica. Alrededor, cervezas vacías, restos de cubatas y otros medios de transporte. Los dos, roncando plácidos, inconscientemente amorosos aunque se conocieran de nada, en un equilibrio asombroso. Tras dar dos pasos atrás y toser en falso, se recompusieron discreta y apresuradamente. Pero valga como foto fidedigna. Había mucho cambio de pareja entre canción y canción, incluso durante. Estábamos probando, probando. De todo lo que podíamos. Para educar el criterio decíamos, para disimular el placer inmenso. La calle era lo primero y nos daba igual comer, seis días de cada siete, el mismo menudo en el Bar Cabaña de La Laguna. Uno de los mejores del orbe, por entonces, por cierto. Aún era un juego todo. Básicamente, follar era la prioridad, a cualquier hora, en cualquier sitio, sólo a la altura de salir, bailar, beber y reír. Luego supimos que todo eso dura poco. A nosotros, apenas nos duró diez o quince años. Un suspiro. La tercera cogió la inocencia, la partió por la mitad y la pisoteó hasta dejarla convertida en polvo de cristal. Igual nos tomamos en serio y eso siempre sale fatal. Tan en serio que nos mudamos a la calle Ancha, a una finca antigua, un pisazo. Ya era otra cosa. Peor. Aparecieron con ella las familias, los celos, las rencillas, los mayores, los amigos, las amigas, los cuñados, las obligaciones, los reproches. El juego se fue a tomar por culo. Estallaron rencores que aún siguen vivos cuando me cruzo con alguno, odios gaditanos (a la altura de los prestigiosos africanos) que perduran. Estrenamos los portazos, las despedidas, las lágrimas, las broncas. Que si tú ganas más. Que si yo valgo lo que valgo y tú eres un descamisado como tu madre. Aún éramos tan chavales que la vida se colaba de vez en cuando con una botella en toda esa mierda. De pronto había que defenderse. Una situación en la que todos sacamos la cubertería más cruel y tiramos los cuchillos con extrema torpeza. Volaron los gritos y los cates. Por ser justos, en ese tiempo convulso también vimos la otra cara de esa estafa dolorosa que es la madurez, un supuesto premio que sólo se obtiene a base de hostias. Esa misma etapa que tanto tormento me dio me permitió tomar café hora y media con García Márquez (tengo que escribir lo prodigioso que contó por si se me olvida), conocer a algún presidente del Gobierno, ver la cara asombrosa y labrada en chocolate con leche de la diminuta Halle Berry, asistir a una bronca de un abotargado Maradona a dos metros, crónicas de la Cibona de Zagreb y otros lujos similares, rodajes, acontecimientos, momentos, privilegios. Era muy puta aquella pero me hizo conocer algo. La cuarta fue provisional, efímera. Ya con todos los cardenales a cuestas me fui con ella cerca de Puntales. Tristón. A veces se impone la sensación de que cualquier etapa que empiezas es el final de todas las anteriores. Sucede mucho alrededor de los 30. Tiene … Sigue leyendo Siete puertas