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IMG_5662 (2)Al día siguiente, con el malestar físico y la paz que dejan en el almax las resacas, lo supimos por los camareros.

Al ponernos por pura pena el segundo café, en una plaza que estaba a cien metros de la casa, nos preguntaron si fuimos nosotros.

  • “¿Nosotros, qué?”
  • “Los del romancero de ayer”

Resulta que se había oído en buena parte del casco antiguo de Vejer, ese refugio empinado y blanco y negro por la cal y la sombra, esa buhardilla gigante en la que ocultarse de todo a cualquier hora. Los pocos vecinos que quedan, los muchos paseantes, los turistas variopintos y pintorescos, por lo visto llegaron a sentarse en bancos y escalones, en calles y plazas a varias esquinas de distancia para escuchar sin ver, para partirse y aplaudir. Se meaban (figuradamente, que no era febrero ni era Cádiz). No podían contemplar a los hermanos Barba interpretando sus dos prodigiosas obras pero la fuerza bruta de sus frases enchampeladas con ritmo y rima, con emoción y entonación justas, volvían prescindible eso tan vulgar de tener que ver para apreciar. Las mejores cosas se imaginan. Si no, acuérdate del antiguo porno de Canal+. A la gente que, en las aceras, se paró le bastaba con tenerlos allí arriba, el sonido debía de caer en cascada como una bañera cuando se te olvida cerrar el grifo. Se nos fue la cabeza y pusieron Vejer chorreando. No los veían pero los sentían. Así que buena parte del pueblo se encontró con un carnaval sin anuncios. Más que chiquito, microscópico e inesperado pero deslumbrante en una tarde de primavera, silenciosa por ayudar al romancero colgante.

Vejer, alafresca, azotea, tiempomuerto y amigos: quinteto inicial memorable.

Sobrará decir (siempre sobra decirlo todo) lo asombroso que me resultó el romancero. La foto es real, de un momento de esta actuación vejeriega. Ahora que está de moda llevar barba, trataré de dejarme crecer una que no se afeita y está en Youtube, la de dos hermanos que todos conocían menos yo, que todos habían escuchado menos yo. Ya no se me irá el nombre nunca, ya no dejaré de buscar en internet y por Cobos. Ya sabré lo que hay. Ya no me engañan más. Que me lo estaba perdiendo y ellos dos sin avisarme.

Soltaron el de Rocky (creo que primer premio este año) y ‘El eterno repetidor’ (que también lo fue, me dijo alguien allí, hace dos o tres años). Me he perdido tantos carnavales ya que un día me pondrán un pasodoble de Los Belloteros y se me saltarán las lágrimas ante la revelación de la melodía, ante el magno descubrimiento, será estreno para mí. He confundido tantas veces la compañía para escuchar en la calle que he terminado por olvidar que la única buena es la que no existe. Escuchar ilegales o romanceros -como escuchar música, como el cine, el teatro, leer, como todo goce nutritivo- es cuestión entre dos, una cosa entre tú y yo: el que interpreta y el que recibe; el que suelta y el que recoge. No hay terceros en este seguro. Cualquier compañía es un estorbo, un freno, un motivo para llegar tarde o irse demasiado pronto, una carabina detestable.

Imagino que se me volverá a olvidar de aquí a febrero pero ahora estaba acorralado, no había escapatoria.

Tuve serios problemas de quijada (está aunque no se vea) y abdominales (mi tableta derretida sufrió en su fofa musculatura la paliza de risa que nos dieron los boxeadores y los pésimos estudiantes). Las coplas pierden hasta grabadas, así que imagínate dichas. Ya sé que, aquí puesto, no te hará puta gracia pero no puedo sacarme de la cabeza uno de los golpes. Fue con el segundo romancero. Lo cuento aunque así no se vale. El del eterno repetidor. El alumno fracasado, con 31 años y aún en 8º de EGB de Argantonio, se enfrenta al profesor número 478 que le suspende sistemáticamente porque le ha cogido manía. Tras llevarse otro suspenso -injusto, claro, que eso de la conspiración universal contra cada uno es muy antiguo- confiesa que por despecho le ha pinchado las ruedas del coche al maestro.

Para reforzar con orgullo la gesta vengadora, proclama y declama como sólo hacen los grandes romanceros del Carnaval gaditano, con la cadencia exacta, meciéndolo: “Yo perderé otro año… Pero tú vas a perder toda la tarde”.

Igual te parece una exageración, incluso una aberración, pero ese tipo de giros y tiros certeros que tienen cada año media docena de romanceros y una veintena (o más) de chirigotas callejeras me parecen excelsa literatura, me resultan el resto conservado en ámbar de la mejor tradición satírica de las letras españolas, alta comedia, me suenan a Eduardo Mendoza (perdón) o a cualquier gran autor que sea capaz de encerrar en una frase todo el suave impacto que precisa el humor, toda la pena divertida que encierra nuestra miseria, toda la inteligencia larga que contienen las tonterías breves. No sé si Krahe o Benítez Reyes, si el Serrat o el Sabina más relajados, si Les Luthiers y los 50 mejores cómicos (o guionistas) en Lengua Española son los únicos capaces de estar a la altura de esas joyas diminutas y perecederas que se brillan un segundo en callejones mal iluminados y en esquinas, te ciegan a base de lágrimas y desaparecen de nuestra memoria, sin espacio para guardar tantas nuevas cada año. Tampoco sé si soy objetivo y racional. Lo he visto desde pequeño, nací por aquí. Soy consciente de que pensar así puede ser ridículo, que las otras artes parecen mayores. No lo niego. Lo serán. Sólo digo que algunas piezas de esta artesanía están para mí a la altura de las mejores de sus madres musicales, literarias o cinematográficas.

Para colmo de comunión primera, los barbabrothers dejan caer mucho de cine en sus textos. Me da que tienen el mismo problema que yo, y que tantos: hemos visto demasiadas películas pero siempre nos parecen pocas.

Fuimos a ese sitio prodigioso (acechado por su propio disfraz guay, por la moda que amenaza volverlo parque temático de la felicidad plástica) para celebrar un cumpleaños. Los abrazos, la charla desordenada y la suspensión de los horarios, el cariño y los regalos desataron una alegría duradera y considerable. Tanta que ni dos severas torpezas mías (aparecer antes de tiempo cuando la presencia de los invitados era “sorpresa” y distraerme un rato con las llaves de la casa a cuestas) la pudieron nublar. La dulzura contagiosa de la cumplidora se merecía esa euforia de azotea, ese almuerzo con cháchara, chacina, sombrajo, tino y vino hasta la medianoche, allí arriba, agarrados.

Luego llegó el momento de bajar telón. Hubo ocasión de alargar la velada en un local precioso, que echo de menos, y programaba música. Pero la dejamos pasar. Con el cansancio, el demonio de la resignación se coló en la casa para recordarnos que al día siguiente empezaba otra temporada de oportunidades listas para despreciar. Volvían la intendencia y las obligaciones, las conversaciones sobre dinero, niños, enfermedades, divorcios, bodas, familia y tiempo (climatológico).

Había que levantar otra vez esos burladeros que tantos buscan para no tener que dar explicaciones sobre su intolerancia al menor disfrute. Qué más dará. Fue una delicia. Todo por obra y gracia del esposo entregado y organizador, un hombre bueno que tiene la grandeza de arrebatarse por momentos como éste, de fabricarlos y defenderlos para entregarlos.

Muchos -a mí también me lo dicen, por lo mismo- le tacharán de niño grande o iluso por construirse este tipo de fantasías y ser capaz de ponerlas en pie y meterse en ellas. Yo creo que esa es la mejor versión de la lucidez y la madurez.

Los que no tienen ningún vicio -ni el de la ilusión esporádica, ni el de la alegría ocasional- se creen virtuosos de forma automática. No vicios=virtud. Suena la bocina. Error. Los puritanos, las personas serias que tratan de frenar o acortar cualquier expectativa propia y ajena, los paralizados por el miedo al error y al chasco, al presunto ridículo, se creen mejores porque la preocupación siempre parece lo correcto.

Nos miran condescendientes a los que tenemos pamplinas y sueños de tanto en tanto. Ya sabemos que son la antesala de la decepción. Pero se vive mejor de expectación esporádica que sin mover un dedo más que para pasar las páginas de las revistas o abrir el Fairy, suspirando en el sofá. El único freno debe ser la salud. El resto es imaginario y triste. Los que creen que sólo hay que trabajar, recoger (gente o cosas), hacer comida, cumplir horarios y limpiar la casa porque todos vamos a morir deben de creer que los demás somos imbéciles e ignoramos el final. Seguro que piensan que no tenemos pánico y prisas.

Creo que esas personas nos toman por tontopollas a los que nos aferramos al último hilo del infantilismo cuando resulta imprescindible para que la vida merezca el nombre. Los hechos demuestran quienes son realmente los necios: los que no son capaces de hacer que pase nada. Mucho menos, que pase lo que pasó: un pueblo entero escuchando por un hilo musical sin cables ni altavoces, en directo, un romancero (o dos) deslumbrante una tarde cualquiera de mayo.

Para los que son como los grandes anfitriones, estas lágrimas de mármol.

Los demás, que se acuesten.