L´Obeli (pero llámame Lovely). Bares y restaurantes.

septiembre 14, 2017

Tal como éramos

En las paredes he visto una leyenda: “Se vende”.

La frase resulta muy familiar pero en este caso me apena por la pared en cuestión.

Es la del Loanca, en el Paseo Marítimo de Cádiz. No sé si la intención de vender que anuncia se refiere al local contiguo, a otro espacio colindante, al edificio entero, a un piso superior, pero está muy cerca de la puerta y me ha dado pena la posibilidad (sin confirmar, que esto no es un medio ni yo soy periodista) de que se trate del bar.

Es una lástima chica, impostada, falsilla, como casi todo lo que se dice o se escribe, en internet o en cualquier parte.

Tampoco es que fuera yo un habitual de aquella particularísima barra, un cuadrilátero al que se asomaban los clientes por dos lados. Ni de sus mesas pequeñas, sacadas del cuento de Blancanieves, puestas en fila, en la pared orientada a la playa. Simplemente disfruté una decena de veces de la luz atlántica y orillera que rompía por las ventanas viejas, que convertía a todos los parroquianos en parientes de Kung Fu. Se estaba bien. Muy bien. Se picaba bien. Feo de cojones por dentro, con una mínima terraza esquinera situada metro y medio sobre el nivel de la calle. Suficiente para imaginar que estabas en el mar tragando agua con sabor a cerveza. Lo bastante alto para ignorar la ordinaria carretera que separaba de las olas.

Pero, más que todo eso (si es que cierra, que no lo sé) me apena que se me vaya un recuerdo.

Ese bar significa para mí los mejores tiempos de esto de jugar a los blogs. Cuando me apetecía tanto que practicaba de forma compulsiva. Aquel bar lo comentó un día un lector y comentarista habitual, llamado Alfa. Un amable sabio según mi parecer. De sus palabras, hice un par de coñas o chascarrillos, me animé a visitarlo y volví a escribir.

En aquellos tiempos, aquel blog -precedente de este o precedente del precedente de éste- debía de leerse porque a los meses le leí en el Diario de Cádiz al dueño decir que su bar estaba de moda porque “alguien había puesto algo en internet” que había animado a que llegara clientela. Vanidoso y pretencioso, siempre creí que fuimos Alfa, yo y los demás asiduos al blorghsf.

El autor primero, descubridor y pionero, fue Alfa, un amigo (gallego y filogaditano, según entendía de sus mensajes) al que nunca conocí pero que, como unos cuantos de los que paraban y charlaban en aquella página, consiguieron provocarme un afecto grande y nuevo, desconocido para mí, que causaba un saltito (figurado) de alegría cada vez que llegaba un correo electrónico avisando de que había un comentario suyo.

Si se va Loanca, parecen irse Alfa y los demás. Afortunadamente, a dos o tres les tengo localizados careto y domicilio, lugar de trabajo y de paso, así que ya no se me escapan. Eso sí, ya se fueron las ganas de jugar a los blogs y la diversión al hablar de bares. Pero penas, las justas. Estar siempre en la misma casilla del tablero es peor que no jugar. Ya apetecerán otras cosas, ya escribiremos en otros sitios, de otros asuntos. Y ya se animará alguien a provocar la inclasificable satisfacción de contar, de contestar, de probar que está ahí.

Mientras tanto, a los que tanto placer me proporcionaron aquellos días, les mando un abrazo enorme y una de las canciones más cursitristes de la historia. Pincha aquí y a llorar que son dos días.

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