lobeli
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Vas paseando por Cádiz de suelo sucio, de pulso débil y amaneceres a cámara lenta, en blanco y negro. Y, del relente, clandestinas, te chistan las librerías. Entras y te chistan las estanterías. Te acercas cauteloso, ¿es a mí?

Y se abren la camisa. Y empiezas a mirar, a curiosear, se abre el apetito por tapas y lomos, curioseas biografías y sinopsis. Luego te atreves con una frase. Levantas la cabeza, los dependientes están a lo suyo y hurtas un párrafo. Te creces, nadie te ve. Te atreves con la página.

De pronto, aparece Séneca como Obi Wan Kenobi, en forma de holograma sobre una mesita auxiliar, con un mensaje capital. Te resume muchas reflexiones en una frase, escrita hace 1.900 años en una de sus ‘Cartas’: “Al pobre le faltan muchas cosas. Al ambicioso, todas”.

Y te resume tantos circunloquios, tantas dudas de tantos días ante tanta comedura de tarro sobre si éramos privilegiados, o imbéciles, si derrochamos o no, sobre lo esencial y lo accesorio, sobre si somos o seremos pobres o sólo lo que fuimos siempre.

Sólo nueve palabras, escritas hace 19 siglos. Al parecer, poco ha cambiado. La sabiduría siempre sigue vigente.

Ya sé que las citas son literatura para vagos, para perezosos que no quieren desbrozarlas en los más hermosos árboles de papel, son una cucharada de caldo para el hambriento que se tomaría un lebrillo de sopa de letritas, un beso perdido en el cachete en una noche de pasión y pulsión lectora, un estribillo insuficiente del mejor disco de todos los tiempos. Ya sé, ya sé. Pero me gustan.