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Más que esa esquizofrenia, mezcla de ilusión y decepción, a una velocidad nunca conocida, que impide anunciar alegrías porque en seis meses es tristeza o traspaso, más que hablar sobre el ataque de aperturas e inauguraciones, que ya lo hablaremos, apetece hablar de los que se reinventan.

Son bares de siempre (algunos estaban desde antes de siempre) que se reciclan para seguir, que se reinventan para resistir, en muchos casos a través de un relevo generacional ejemplar, que lamentamos cuando no se produce e ignoramos cuando se da.

Hablo de tres sitios del Cascontiguo que, creo, merecen la fidelidad que tienen de muchos clientes y el redescubrimiento de otros muchos que, de tanto verlos ahí, en el mismo sitio, pegados en la pared, igual han olvidado la satisfacción que pueden dar. Igual llevan tiempo sin pasarse aunque pasen por delante.

.- Bar El Laurel: Los Señores de Ruiz mantienen en la esquina de Obispo Urquinaona con Doctor Dacarrete (a 20 metros de la Plaza Candelaria) una de las mejores reservas locales y naturales de la comida casera verité, del tapeo tradicional reality. De lo más esencial y verdadero, en cuanto a cocina de bar, que pueda encontrarse en esta pequeña city. Conservan recetas que es difícil ver en otros sitios y, las que comparten con otros mil, las preparan como pocos. Tiene estética y clientela de bar de toda la vida. Que nadie espere diseño ni glamú. Eso lo sirven en la esquina de enfrente. Con décadas de historia, con parroquia muy talluda, tienen el arrojo de meterse en las redes sociales (desde el 17 de diciembre), de jugar a buscar su espacio en ese sitio también. Lo hacen colgando fotos como las que pego (la pizarra y la sopa de tomate) que te atrapan desde la pantalla, como la agüilla a la niña de ‘Poltergeist’. Admito que no soy del todo objetivo. Es uno de los primeros bares en los que me recuerdo, de muy crío, con mi abuelo Pepe o mi abuela Luisa, de ida o de vuelta al mercado. Esa memoria lo tizna todo, no sé de qué color.

 .- Casa Tino: Este sí que lo reintenta pero a saco. Además de dejarse ver en los ordenadores, ha cambiado de cocinero y de filosofía. Los primeros que han probado la nueva oferta, como Madrina Charo, están encantados. Dos parejas de amigos también han salido contentos. Me alegro, porque era de los sitios a los que les tenía prevención. Por donde está, donde Los Callejones se vuelven Viña, asomado a la Plaza Pinto. Las últimas veces que estuve, hace mucho, me pareció de los que confía al regate al turista la mayor parte de su suerte, que no cuidaba al lugareño ni, por supuesto, al viajero. Lo tenía en esa lista, oscura, titulada “para guiris despistados, porejitos”. Esos locales, creo abundan, aunque no son todos, ni siempre, en La Palma y donde la calle Paco Alba pierde su nombre, son de los que inventan nuevos colores y precios para las caballas, de los que te tratan como el culo si eres de Cádiz y como tarado si eres de cualquier otro lugar. Esa etapa, que puede que fuera generalización injusta o prejuicio mío y muy antiguo, parece quedar atrás del todo. Para empezar, los tortillólogos le han dado su bendición. Así que todos los tortillófilos del mundo, que semos legión, tenemos que hacer escala.

.- Bar La Perdiz: Ahora que el centro es un carrusel de cierres, inauguraciones de esos mismos locales a los tres meses, traspasos inmediatos y reaperturas precipitadas, La Perdiz me parece un ejemplo de lucidez y mesura. Un hijo coge el bar de sus padres, en Benjumeda (pero en el extremo opuesto al Falla, casi en Gaspar del Pino, en la esquina con Sagasta y Café Librería Alejandría) y años después, ya con experiencia, reinvierte buena parte de los ahorros de sus mayores, y los propios. Le pega un hermoso lavado de cara (obra completa) que le da estética y limpieza, lo ilumina, pone un mosaico de Elena Rubio en la fachada (foto superior), se queda con las tapas de siempre que funcionaban, las aprende y las mejora, y añade algunas, amplía el servicio de café decente, de copas cada vez más diversas… Y et voilà, resulta que el esfuerzo tiene premio, que atrae a gente nueva sin perder a su público de siempre. Que es bar de to la vida (45 años abierto en este 2013) sin parecer viejo, estación de servicio, auxilio y cobijo para desayuno, merienda, aperitivo, almuerzo y hasta cena, que cumple su función y los clientes entienden que no les falla, que les sirve. Para mí, una de las alegrías del año en la hostelería local por lo que significa, porque el relevo es posible, porque la veteranía no es caspa, porque calidad y normalidad pueden coincidir en determinado grado. Y para colmo, los de detrás de la barra no son “simpaticotes”. Que no saben ellos lo que se lo agradezco y valoro.

  1. […] Fernando Santiago Muñoz | 4 de enero de 2013 Tres clásicos reinventados (El Laurel, La Perdiz, Casa Tino) […]

  2. Alfa

    en enero 4th en 17:42

    Coincido con Casa Tino, nunca me han tratado como tarado ni como lo otro (cosa que también agradezco). Siempre muy abundantes las tapas y a mi modesto entender, perfectas. Me gustaba la carta, que parecía una especie de marcador de ping-pong, con las anillas arriba y las páginas en vertical plastificadas. Claro que siempre he ido justo en el momento en el que abren: egoísmo puro, todo el bar para mí. Personal dicharachero (en su justa medida) y muy agradable.

  3. Lovely

    en enero 4th en 23:06

    @ Alfa

    Yo, el mal recuerdo que tengo es muy, muy antiguo. Puede que de hace más de cinco, siete años. Y también es prejuicio contra casi toda la zona en general, así que puedo ser injusto o equivocarme, que se me da bien. Pero con las referencias que tengo ahora, con las ganas que veo, sólo por intentar cambiar y reaccionar, ya estoy loco por ir.
    Ya sabes lo que me alegra encontrarme contigo en esta calle. Abrazo y un año plagado de ditxa, pitxa.

  4. Juan

    en enero 5th en 1:47

    A ver Mister Lovely, la crónica de La Perdiz bien, no está mal, pero sin que te subestime, la de tu hija mucho mejor, onde va a compará…
    además recién hecha la inauguración de la remodelación.

    Y por cierto, la variedad de ensaladillas y albóndigas caseras son para no perdérselas.

    Saludos corteses (de toda la vida de dios).

  5. Ali

    en enero 5th en 12:34

    Gracias por lo que me toca Pepe. Son muchos años de esfuerzo y trabajo de mis padres en El Laurel. Un beso

  6. SalvadorF.Miró

    en enero 5th en 18:11

    Coincido contigo totalmente en lo de los “simpaticotes”. Sobra con que sean educados y atentos.

  7. David V

    en agosto 13th en 16:36

    Pues a mí si me han tratado como el culo. La fama que le conocía era la de las ortiguillas y no la de los malos modos (cosa que ahora, leyendo por internet, se ve que es la auténtica especialidad de la casa). Hoy terminamos comiendo en este bar mientras le enseñaba Cádiz a unos amigos de la familia. La comida toda muy rica (las sempiternas ortiguillas, garbanzos con langostinos, croquetas de choco, almejas, choco frito, albóndigas con queso, arroz…), el servicio correcto en el tiempo de respuesta y el precio adecuado a la calidad que se percibía del material que se presentaba.

    Obviaría el hecho de que la persona de peor comer del grupo pidió atún de almadraba, y que se quedó esperándolo sin que le avisaran de que no quedaba hasta que le dijo al camarero que, si no lo habían preparado, lo dejaran… Pero un error en la vuelta al pagar me hace escribir esta opinión. A pesar de las disculpas al final de la discusión, he pasado un rato muy violento con todo el bar mirando, me he ido ofendido y con (hablando como lo hacemos en Cádiz) un mal cuerpo horroroso después de que no atendieran mi reclamación del cambio correcto ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera, y para colmo (por parte del encargado) se me dieran lecciones y se me quisiera hacer culpable de la poco receptiva (e incluso airada) reacción de la chica que me cobró.

    El cliente se ve que hoy en día ya no tiene la razón… Aunque se dejen más de 200€ en caja de un tirón.

  8. David V

    en agosto 13th en 16:37

    Hablaba de Casa Tino, por si quedaban dudas.