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La gente de buen gusto se autoproclama. Y hace decálogos. Los mandamientos forman el más conocido pero hay muchos más. Ahora, cada día aparecen mil en internet. Ahí leí varias veces que las camisas de mangas cortas son horribles, el colmo de la fealdad textil, una deformidad del atuendo. Como los calcetines blancos pero en los brazos.

Siempre he tenido unas cuantas camisas de manga corta, de saldo y esquina, algo más holgadas que la tipo testigo de Jehová. No espero visita ni vi nada. Cada vez tengo más de esas porque cuando se les gastan los codos a las de manga larga, pasan a ser del grupo anterior gracias a una costurera de confianza. Me gusta la ropa vieja, de siempre. Le cojo cariño a la que se roe y se gasta, se destiñe. Sólo salgo de compras en la víspera de cada final olímpica de voleibol.

También me gusta la ropa vieja sin tomate y recargada de ajo para espanto de los elegantes, los hiperhigiénicos, muy sensibles a los olores. Una vez, una de las personas más bellas que conozco me dijo: “Te envidio”. Mi mirada fija de asombro exigía una explicación: “Te montas en el autobús, entras en un bar o vas a una gasolinera y estás tan tranquilo, parece que no hueles esas cosas horribles: el sudor de la gente, la fritanga, la gasolina”, me aclaró. “Es que soy chato, no tengo nariz, tengo un chícharo pegado en la cara”, fue la única pamplina que encontré a mano para responder.

La gente de buen gusto sufre porque es depredadora y, por lo mismo, insaciable. Vive de cazar espantos, detecta una indecencia, una inconveniencia, a siete kilómetros si el viento viene de cara. Va siempre con las orejas de pico y los ojos clavados en busca de horteradas con las que saciar su hambre infinita. Nunca tiene suficiente.

Últimamente, esa gente que fabrica reglas (sólo para los demás sobre todo cuando afectan al reparto del dinero y al uso recreativo de los genitales) la han tomado contigo. Te has convertido en víctima preferente, en el monstruo que simboliza sus temores. Eres el enemigo público número uno. Ya les he escuchado hablar de ti varias veces y miedo me dan sus represalias. Dicen que no puede ser que te pongas todas las mañanas esas mallas ceñidas, a pierna entera o pirata, de licra u otro material sintético, brillantes, apretadas y generalmente oscuras, para hacer deporte. Que no puede ser que te vistas para el gimnasio pero antes vayas al colegio, a comprar las tres cosas del día, al banco, hasta al médico y a tomar café. Dicen que uno se viste para hacer deporte sólo cuando hace deporte, ni un segundo antes, ni uno después.

La gente decente dice que eso es procaz y estoy dispuesto a buscar en el diccionario lo que significa. Pero ya me temo lo peor. Antes de averiguarlo, te digo que nada bueno, algo relacionado con lo de siempre. Que si pareces no se qué, que si se ve más de la cuenta, que si se intuye lo que sueñan con ver. Lo verán ellos, claro, que tendrán la sesera del mismo color de la tela. Yo no veo nada. Pero entre la miopía y el enfriamiento global propio del medio siglo, igual no sirvo de medida. Igual ellos sí son capaces de acelerarse así. Siempre me han dado algo de pánico y asco los que exigen a las mujeres que se tapen, aquí o en Kabul, las piernas, el pelo, las tetas o la espalda, para evitar que los hombres pierdan el control. Si hay descontrol, será culpa de ellas, claro. Porque el pobre simio qué puede hacer si le enseñan un trozo de lomo crudo. Los que piden a las mujeres que se oculten se definen como salvajes inmediatamente, como fieras repugnantes temerosas de sus propios impulsos criminales. La mujer siempre tiene la culpa. Por lo que dijo, por lo que dejó de decir con claridad, porque enseñó, porque no tapó, por mirar o por quitar la mirada, por sufrir demasiado o por no hacer ver que sufría lo suficiente. No sería para tanto. Algo habrá hecho. Se lo buscó. Lo estaba pidiendo. No se puede ir por ahí así, o sola, o a esa hora. Siempre cae la pedrada en el mismo sitio. El chaval, los chavales, qué iban a hacer. No pueden evitarlo. Pobres escorpiones.

Los que quieren taparte las mallas y los partidarios del burka seguro que se echaban un rato de alegre charla intercambiando satisfacción ante sus queridas tradiciones, soltando pestes sobre modas y moderneces. Si pudieran, prohibirían las playas, las cerrarían todas.
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Será que no soy decente ni tengo gusto (en realidad, tengo uno pero desconfío mucho de él, me ha dejado en ridículo cien veces). Será que no tuve la suerte de nacer bien, sólo regular. Pero cuando te veo con las mallas por la calle, con el cortavientos y los tenis de marca buena con nombre militar (wheapon, patriot, thunder…) se me van los ojos a tu cara. Y no veo nada de vicio, sensualidad, lujuria ni procacidad, sin saber siquiera lo que todo eso es. No veo provocación, ni desafío. No entiendo la fealdad o la molestia. No detecto la horterada por lo mismo que los fumadores no pillamos el olor a tabaco. No cojo la indecencia ni la impertinencia de tu ropa. De las piernas de los tíos que corren no he escuchado decir ni la mitad. De ellos, poco. Ni la mitad de la mitad.

Me parece que vistes tus mallas y tu sudadera con la sobriedad del uniforme. Me imagino que te levantas la primera, para coger ventaja y te metes en esas fundas de plástico para declarar solemnemente que hoy sí, que hoy irás al gimnasio. Es más, entrarás. Que no te vas a rendir. Porque quieres. Quieres ir al gimnasio pero, todavía más, quieres rendirte. Empiezas a preparar desayunos y a levantar a niños malcriados, chupasangres, mientras ordenas cocina y pensamientos, esos hijos de puta machacones que te gritan todo el día. Los pensamientos, no los niños. Esa ropa de deporte es el traje de la resistencia. Te tomas la pastilla sin que nadie te vea, jamás, y esperas que haga efecto, que derrita de la cabeza las preguntas crónicas con los bordes afilados, como cristales: ¿para qué? ¿ya está? ¿esto era? ¿qué ha pasado? ¿es culpa mía? ¿todo es culpa suya? ¿siempre va a ser así? ¿otro día igual?

Dirán que si hortera, inapropiado y ordinario, pero yo creo que vas vestida para aguantar. Una clase de zumba, de kick boxing, 20 minutos de cinta o de bicicleta, hasta una clase de spinning con el buenorro del monitor, que a estas alturas te hace más gracia que ilusión. Ya las tuviste y mira cómo han terminado. La pastilla hace más efecto con una buena sudada. Con las mallas y el plumas, llevas también una bolsa de tela con dos tirantes. Para la toalla y la botella. Porque la pena y la pastilla bajan mejor con un litro de agua. Así te tragas el bochorno de que se rieran de ti, los tuyos, cuando dijiste en casa que preferías una bicicleta a meterte en la trampa de otro coche. Así pasa mejor la última vez que tu madre te dijo que tenías todo lo que querías, todo lo necesario, que de qué te quejas. Así baja mejor otra noche en la que se metió allí en el cuarto con el ordenador y los auriculares. O con media botella, que son auriculares para beber. Otra vez aislado y callado. Otro año sin ver nada, sin sentir nada, sin viajar a ningún sitio, tres meses sin salir y dos sin reír. A ver si se rompe otra vez la lavadora y hay algo de qué hablar. De todo lo demás, de lo de verdad, nunca hay. Agradeces que haya cartas del banco, malas notas y revisiones médicas, así hay conversación que alargar con lugares comunes para enterrar el silencio pegajoso. Todo se ha quedado en eso. Todos los días te cuentan trucos para aprender a llevarlo con serenidad, a conformarte. Tratas de ponerlos en práctica. Vienen de Oriente o de universidades con nombres raros. Técnicas de relajación, les llaman. Manuales de resignación, dices tú. No pasa nada, te dice él cada vez. Te parecerá poco, piensas sin abrir la boca.

Eso, cuando reúnes fuerza, física y química, para entrar en el gimnasio. Eso, cuando no gana la fábrica Excusas&Perezas, sociedad ilimitada, con sede fiscal en tu mollera. Porque si triunfa ese bicho cabrón apodado “mañana”, acabas otra vez con las mallas y el plumas, con la bolsa, la toalla y la botella, tomando café con ella, en el barrio, o en el centro. Media de integral con aceite y tomate. A comértelo con la que intercambia contigo mutuas y falsas promesas del alivio que nunca llega. Como cuando la lotería de Navidad, rezáis el rosario que niega con cada cuenta un motivo de queja, el que dice que tenéis la felicidad de los abuelos: nadie está enfermo en serio, los niños aprueban, llevan seis meses sin otro ERE en la fábrica de Manolo y tus padres no caen hace un año. Te vuelves a casa a revisar el correo -a ver si ha llegado algún milagro, la pedrea de otro contrato, de tres meses a media jornada, por lo menos- y mientras caminas vas pensando que llevas demasiado tiempo pensando como una vieja, como una abuela. Desde los 28 años, quizás. Cómo han pasado otros 15 tan deprisa ¿Y dentro de otros 15…? ¿Así hasta entonces?

A mí me parece ver eso, y no cachas, cuando llevas las mallas y la cara blanca del madrugón. Estaré flaqueando, que ya no te miro las piernas y a los dos nos dan vergüenza los que miran culos. Veo que te las has puesto otra vez y ya entiendo que no te rindes. Que no te dejas. Que no te das por perdida. Que no te abandonas. Hoy no. Y mira que tienes ganas.

Qué más dará que te digan hortera, que consideren inadecuado tu atuendo. Me parece que te importa una mierda lo que piensen los que te vean así vestida y estoy contigo. Esa indiferencia forma parte de la resistencia. Sácales la lengua. Mañana, más cortas las mallas, más apretadas ¿Desde cuando nos importan los del fondo del armario, los del visillo y el reojo, el monóculo invisible y la superioridad estético-moral?

Espero que te las vuelvas a poner muchos días. Todos. Ya luego te vistes para morir o para matar.

  1. Paco Piniella

    en noviembre 16th en 12:35

    Pepe, los gimnasios cansan muuuucho y creo que son malos para la salud. Me da a mí que es asínn.
    Postdata: yo también uso camisas de manga corta.

  2. Lovely

    en noviembre 23rd en 11:45

    No creas, que yo dudo y temo. Al final, creo que voy de vez en cuando porque hay saco de boxeo y me encanta darle dos o tres piñas cuando paso cerca (aunque enseguida me duelen las muñecas, el que no vale, no vale…)

    Es más, seguro que las camisas de manga corta, o larga, tienen bolsillo en la pechera. Sepa usted que los árbitros colegiados del buen gusto lo consideran otro horror y otro error, mayor o igual que la manga corta.

    Usted sabrá lo que hace con su vida…