L´Obeli (pero llámame Lovely). Bares y restaurantes.

enero 28, 2017

¿Ya ha empezado el Falla?

Por necesidades técnicas, puede que mañana no aparezca completo. Así que aquí va entero para quién esté interesado, que no creo. Yo no tenía ningún interés en opinar sobre algo que no me interesa pero de alguna forma hay que ganarse la vida.
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Quién de nosotros

Los que tienen una preferencia, una afición cualquiera, la que sea, tienden a creer que todos la comparten. Como mínimo, que todos quisieran. De ahí, el entusiasmo por hablar de novedades, hallazgos y decepciones, alegrías y chascos. Es humano, es común, nos pasa a todos, con todo. Pero según se cumplen años y desengaños, resulta que cada cual asume sus limitaciones, su soledad. La afición al Carnaval del Falla (no confundir con afición al Carnaval) tiene una edad media muy baja. Es un sarampión juvenil, lejos del nivel de aburrimiento que supone el entendimiento. En su furor postadolescente (tengan 15 ó 65 años sus protagonistas) creen que sus gustos son compartidos urbi et orbe y con esa premisa se conducen. En estos tiempos de televisión, internet ubicuo y dirigentes políticos a favor de obra, la confusión es absoluta. A todos los gaditanos les gusta el Falla, parecen proclamar los que disfrutan de este gran juego, cuyas proporciones llegan a ser asombrosas.

Pero por más que muchos lo crean mucho, resulta que no. Gaditano y aficionado al Falla no son sinónimos, como no lo son valenciano y fallero. Los discretos, por definición, hacen poco ruido, se apartan, se callan, esperan. Los entusiastas, por su condición, festejan, celebran y discuten. Por lo tanto, es muy fácil que los últimos hagan más ruido. Eso nunca significa que sean más ni mejores. Igual que Cernuda soñaba con andaluces aburridos, callados y laboriosos, algunos aficionados al Carnaval esperamos que nunca nos confundan con aficionados al Falla. Eso es una competición, un torneo, incluso puede que un espectáculo (a veces), quizás un negocio, tan respetable o poco respetable como el jazz, el basket, el rap, el tenis, la ópera, el flamenco o la música tecno. Simplemente, aspiramos a que no nos confundan. Quién de nosotros no espera que acabe todo esto para que empiece lo demás. Quién de nosotros no lamenta lo seriamente que se toman una diversión (y a sí mismos) o la impostada omnipresencia del pique. Quién de nosotros no huye de las callejeras que se hacen de rogar como si hubiéramos comprado una entrada, como si les debiéramos pleitesía en una esquina convertida en sala de espera. Quién de nosotros no está orgulloso de olvidar años, títulos, nombres y autores de una broma que por definición era popular, anónima, de última hora y lavadero, de usar y tirar, de recordar sólo en casos de emergencia y excelencia.

Creo que somos muchos. O unos pocos que sumamos más de los cuatro gatos que la moda señala. Estoy convencido de que Cádiz no es Carnaval, o no sólo. Pero, sobre todo, no es Falla. O no sólo. Conste que los que se proclaman, en silencio y escondidos, poco aficionados al juego colorado nunca deben creerse mejores que los arrebatados partidarios. Digo que tampoco tienen que avergonzarse, ni encajar con soltura los improperios de los fascinados por un chascarrillo que nuestros abuelos inventaron para echar un rato, nunca para marcar época, repartir certificados de autenticidad, ganarse la vida ni entregarle a nadie La Caleta en propiedad. A mí me gusta más la Victoria pero era de todos antes de que una chirigota memorable planteara clavar una bandera en una caña de pescar. Digo que Cádiz estaba antes, y estará después. Que todos los gaditanos, somos cada vez menos, cabemos. Los que no caben en el teatro ni desean entrar, también.

Me da mucha risa que algunos ridículos fanáticos traten a todos sus vecinos como presuntos aspirantes a colados, como si todos quisieran estar allí, temblorosos de dicha, cada noche. Lamento comunicarles que todos, no. No sé si algunos o muchos, pero no. Pueden meterse sus credenciales, sus entradas, sus pases de favor, sus cuelos y sus retransmisiones exactamente por dónde Nadal se alivia en cada saque. Nuestro Carnaval, el de algunos, el de muchos, empieza después. Y ahí no hay papeles que repartir, organización que organizar ni mitos que adorar.

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