lobeli
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La gente de buen gusto se autoproclama. Y hace decálogos. Los mandamientos forman el más conocido pero hay muchos más. Ahora, cada día aparecen mil en internet. Ahí leí varias veces que las camisas de mangas cortas son horribles, el colmo de la fealdad textil, una deformidad del atuendo. Como los calcetines blancos pero en los brazos. Siempre he tenido unas cuantas camisas de manga corta, de saldo y esquina, algo más holgadas que la tipo testigo de Jehová. No espero visita ni vi nada. Cada vez tengo más de esas porque cuando se les gastan los codos a las de manga larga, pasan a ser del grupo anterior gracias a una costurera de confianza. Me gusta la ropa vieja, de siempre. Le cojo cariño a la que se roe y se gasta, se destiñe. Sólo salgo de compras en la víspera de cada final olímpica de voleibol. También me gusta la ropa vieja sin tomate y recargada de ajo para espanto de los elegantes, los hiperhigiénicos, muy sensibles a los olores. Una vez, una de las personas ...Continuar leyendo
He visto a Bruce Springsteen. Live, loco. Dos veces. Y a Tom Jones, en Praga. A los Stones, en Irlanda, no quise ir porque soy gilipollas desde bien pequeño. Hasta trabajé (con el poco entusiasmo que merecen todas las obligaciones) con Martínez Ares unos años. He tomado café con García Márquez. Había 60 personas más en el salón, pero como si no estuvieran. Los demás bebíamos café frío cuando acertábamos a cerrar la boca. Él divagaba con una maestría que iluminaba aquel sitio, tan antiguo, a oscuras. Me tocó entrevistar, en corrillo, a Felipe González. Y a Guerra. Hasta he tenido el honor de dialogar con Teófila Martínez (bueno, de intentarlo porque no deja meter baza monosilábica). Incluso me tocó preguntar a José María Aznar cuando presentaba un libro en un El Corte Inglés de otra ciudad. Mientras esperaba que dedicara ejemplares a una cola infinita de feligreses, una señora de pieles y rubio pelo cardado me preguntó: "¿De qué periódico ...Continuar leyendo
He descubierto algo que debo poner en conocimiento de mi pueblo con premura. Entiendo que el bienestar de mis compatriotas depende de la difusión de estas palabras precipitadas. Hasta nervioso estoy. Qué responsabilidad, caraggio: Sin más rodeos. Hay una pizza individual en esta microciudad, del tamaño las pequeñas del Telepizza o La Bella Italia, pero cuadrada, suficiente para jartar a una persona, que ofrecen al asombroso precio de UN LEURIMEDIO. Sí, camaradas y amigos, 1,5 pavos y has comido, al menos te has llenado. Sí queridos. Como suena. Su calidad es igual, quizás algo superior, a la de los locales mencionados, equivalente o algo mejor que la de cualquier pizzería de barrio. Más rica, seguro, que cualquiera que venden congeladas en supermercados y grandesuperfisie. La ponen en un local llamado El Italiano (son originales, no me jodas). Está en Los Balbo (vulgo, "Los Pescaítos" y a partir de ahora I Balbi), en esa zona ignota, peatonal y amorfa que separa ...Continuar leyendo

Conste que sé que hay muchos inquilinos fulleros y con cacarucas pero el fuerte, siempre, es el que puede más. También puede joder más. Madueño se ha salvado, y me alegro, y merecidamente, pero hay muchos que no. El mercado inmobiliario, también el comercial y hostelero, está podrido. Demasiado desigual. Hace mucho, siempre, lo sé. Pero esto me lo ha recordado.

Eso es lo que pretendía contar.

La excepción Madueño

 

Piedra, placer, hoguera De Pedro A. Cortés en LA VOZ (publicado el 15 de octubre de 2017) Cuesta recordar que todo diamante fue una piedra o que Paul Newman y Sophia Loren fueron una vez sólo una célula. La naturaleza tiene una capacidad inmensa para ocultar su simple fuerza en bellas y sofisticadas formas, creadas siempre con elementos básicos. Pues me acordé con los platos de Cataria. Del mar o el campo, con extrema selección y poco proceso, pero dificilísimo de cuadrar, pasan por el fuego y la piedra. Este memorable lugar logra convertir la brutalidad natural en sofisticación, en placer y sabores primitivos presentados de forma sublime. Alimentarse es una necesidad. Aquí hablamos de algo que va más allá de tal rutina y del hecho de llevarse algo a la boca. Es satisfacer un deseo inmemorial, disfrutar de la conexión telúrica, de esa parrilla como una cancha de baloncesto que hipnotiza primero la vista, a la entrada, y luego marca el paladar con una magia vieja que llega ...Continuar leyendo

El Rincón de pensar